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Hace tiempo que una duda me
ronda por la cabeza. Puede que mi aspecto exterior no lo denote, pero
en mi interior hay una procesión de pensamientos que me asaltan
por sorpresa y me invaden la conciencia. Y al final, tan solo llego a
una conclusión, una frase que resume toda mi agonía: no
quiero que me olviden. Lo
reconozco: se trata de un pensamiento egoísta. Sin embargo, no
puedo redimirlo con palabras. No puedo soportar la idea de pasar por la
vida, fallecer, y permanecer olvidado por los siglos de los siglos. Es
una idea que me aterra. No puedo explicar con palabras la sensación
de impotencia y desesperacion que me ataca a altas horas de la madrugada
y me hace despertar sobresaltado.
Y es esta reflexion egocéntrica
la que consume mi alma (si es que realmente la poseo) y ensombrece mi
corazón. Se que no estoy pensando de forma objetiva, pero me desconecté
voluntariamente de la realidad tal y como la conocemos todos, y me sumergí
en un mundo de tormento del que es mejor no hablar. Ahora tan solo tengo
una idea en mente: he de hacer algo que permanezca tras mi muerte, algo
que evoque mi presencia. Lo unico que me asusta en este momento, ademas
de mi paso inútil por este plano de existencia, es la idea de lo
que podria llegar a hacer en un arrebato con tal de permanecer impertérrito
al olvido. Tan recordados son los grandes maestros de la literatura o
el arte en general, como los grandes genocidas de la historia. Mi sombra
se alarga cada vez mas, y no podre soportar mucho mas la apatia y el estoicismo
del que he hecho gala hasta ahora...
Desde cuando pienso asi?
Por supuesto. Fue tras la muerte de mi madre, en marzo de 2003. Mi madre
era una persona sencilla, ama de casa. La mejor de las madres, de eso
estoy seguro. Pero eso lo se yo. Y ahora lo sabéis vosotros. ¿Pero
quién lo sabía antes de que os lo dijera? Mi familia. Y
cuantas generaciones pensais que su recuerdo permanecerá vivo?
Probablemente, ni siquiera en la que nos encontramos. Los recién
nacidos de mi familia oirán hablar de ella dentro de unos años,
pero estos no lo transmitirán a sus hijos.
¿Quién me recordará a mí?
¿Quién?
Por otra parte, toda esta
reflexión choca con otra de mis obsesiones: el progreso. El futuro
de la humanidad. Se que es en nuestro pasado donde se encuentra el conocimiento,
y quien no recuerde la historia esta condenado a repetirla. Pero ahora
mismo todos somos peones que construyen un futuro mejor. El progreso.
El progreso es la llave de la verdad. La tecnología al servicio
del hombre. Podemos llegar a hacer grandes cosas, de eso estoy seguro.
También cosas terribles, seguro, pero grandiosas.
Ansío tanto poder verlas...
Y sin embargo, cuanto
más pasa el tiempo, pierdo oportunidades de evitar mi olvido en
la historia.
Y es esta contradicción la que me esta destruyendo las entrañas
y me remuerde la conciencia.
Se perfectamente que la opinión de los demás no debe influir
en mi camino, que la verdad está ahí fuera, que yo sigo
mi propio destino y yo lo controlo...
...pero aun así...
...sé que he de cumplir mi objetivo.
Soy joven, tengo tiempo para llevarlo a cabo.
Pero lo cumpliré, de eso estoy seguro.
Segundo escrito
¿Os habéis parado a pensar alrededor de cuántas personas
se desenvuelve vuestra vida, contando tus compañeros de trabajo,
tus vecinos, toda tu familia, tus amigos, tus conocidos, la gente a la
que ves alguna vez y con los que interactuas? ¿Quinientas? ¿Mil?
¿Tal vez dos mil? ¿O incluso cuatro mil?
¿Pero cuántas personas habitan la Tierra ahora? ¿Cinco
mil millones? ¿Casi seis mil millones? ¿O hemos superado
ya esa cifra?
¿Qué importancia puede tener una sola vida humana ante la
magnitud de una nación? ¿Y qué importancia tienen
tus cuatro mil personas, si vivimos en un mundo poblado por un millón
de veces esa misma cantidad?
Cada uno de nosotros vive reducido en su pequeño mundo. Tan solo
unos pocos tienen la suerte (o la desgracia) de saber que hay más
alla de la vision reducida de la verdad que se esconde tras el velo de
ignorancia de ese pequeño mundo. Al fin y al cabo, el problema
de la era de la Incomunicación, en la cual nos hallamos, no es
más que nuestra incapacidad en trascender en la mente de los demás,
pero también de trascendernos de nuestra propia visión de
las cosas. Nos aferramos a un sentimiento materialista de las cosas, siguiendo
la máxima "a vivir que son tres días".
Pero la vida es algo más que eso.
El progreso es necesario, a pesar de todos los baches que se encuentren
por el camino, que no son pocos. Pero lo que realmente permite nuestra
supervivencia como especie en progreso es nuestro espíritu de comunidad.
Unos a otros, nos impulsamos para ser mejores y para llevar a cabo grandes
obras. Ya sea por un espíritu de entrega, por competitividad o,
qué demonios, por el vil metal, el progreso es constante.
Sin embargo, la motivación del mismo da lugar a obras benefactoras
de la humanidad, o a grandes desastres. La idea de superar a la comunidad,
y de permanecer superior a ella da como consecuencia la aparición
de desigualdades extremas. Una comunidad se entendería en ese caso
como un inmueble, en el que los que viven en las plantas bajas pertenecen
a un rango social más bajo que el que vive en la azotea, en la
cúspide social. La consecuencia de todo ello es que nuestro mundo,
como el inmueble, se transforma en un "inmundo", que acaba con
el principio de "el bienestar de la mayoria" para obedecer a
los impulsos megalomaníacos de unos pocos.
¿Pero cuántos son esos pocos? ¿Cien mil? ¿Un
millón? ¿Cien millones? ¿O más?
En todo caso, en la otra esquina del ring se encuentran el resto de los
seis mil millones.
Un combate desigual, verdad?
Me estoy perdiendo en mi mismo. Soy incapaz de poner todas mis ideas en
orden. No soy un archivo, ni un hombre-libro. Mi mente funciona a base
de relaciones, como todas las demás, supongo. Ya he comentado que
somos incapaces de trascender en la mente de los demas. Dale una chispa
a mi cerebro y te devolverá una explosión de pensamientos.
¿Tengo un cerebro de combustión?
Son las cinco de la mañana. Estoy desvariando demasiado.
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