PRÓLOGO
HACE 3000 AÑOS

Planeta Palak.
Con el objetivo de estudiarlo, muchas civilizaciones avanzadas visitaron el lugar durante varios miles de años.
Todas huyeron despavoridas.
No era para menos. La forma de vida más inteligente del planeta eran (y siguen siendo) los ogas. Para hacerse una idea del aspecto físico de un oga primitivo, basta con imaginarse a un humano con un color de piel imposible, no más alto de metro y medio, vestido con taparrabos y mostrando siempre una curiosa expresión, a caballo entre la que se dibujaría en la cara de un Neandertal ante un superordenador cuántico, y la de un aficionado al fútbol en el instante en que su equipo marca un gol.
Lo cual define también su mentalidad.
Visto desde el espacio, el planeta Palak era muy hermoso. El célebre comandante Xarlpowc, del Imperio Sorm, lo definió en sus memorias como "una perla verde y azul, con finos retazos de desierto, nieve y montañas, aquí y allá. Un auténtico paraíso a donde pienso mudarme cuando me jubile".
Obviamente, aún no había pisado tierra.*
Pero no nos desviemos de nuestra historia. Planeta Palak. Bien. Una roca de sesenta metros de diámetro está a punto de entrar en su atmósfera. Eso quizá ya no está tan bien. El calor extremo hace que el meteorito comience a disminuir de tamaño, hasta quedar reducido a casi la mitad de su tamaño original. Si es que ya no los hacen como antes.
Más abajo, en tierra firme, un grupo de cinco ogas se disponía a escalar una gran montaña en cuya cima, según creían ellos, vivía una especie de marsupial sagrado cuya carne ingerida les haría invencibles. Pero eso no importa
ba mucho, ya que desde algunos kilómetros de distancia, pudieron contemplar cómo una enorme bola de fuego proveniente del cielo desintegraba media montaña. Eso, claro está, antes de que la onda expansiva los hiciera volar unos cuantos centenares de metros.
Aquel era un día de suerte para muchos. Por una parte, para los marsupiales de la "cima de la montaña", que realmente se habían pasado la vida habitando un bosque a cientos de kilómetros de allí. Y por otra, para los ogas. No por el hecho de haber sobrevivido, pues eran más duros que cabezotas, sino porque decidieron ir al lugar del impacto para verlo. Los ogas son unos seres bastante curiosos. En todos los sentidos.
El líder del grupo se llamaba Merko. Le acompañaban Galar, Jebuke, Folstrab y Upsido. Pertenecían a tribus distintas, lo que para los ogas significa poseer diferentes tonos de piel. Así, la pigmentación de los hermanos Galar y Folstrab era semejante a la de un esquimal (es decir, casi inexistente), la de Upsido era gris azulada, la piel de Jebuke, la única chica del grupo, era oscura como la noche, y Merko lucía un curioso tono amarillo claro.

* El editor de Xarlpowc nunca acabó de comprender por qué el autor decidió cambiar el título de sus memorias "Una Vida en las Estrellas", por "El Llanto Cósmico".

Aunque esto es irrelevante, pues los alienígenas que habían tenido encuentros con los ogas, sabían perfectamente que no importaba el color de la piel, sino la cantidad de armas que eran capaces de llevar sobre ella. Muy primitivas, claro. Pero también muy molestas. Especialmente cuando les daba por clavarlas en los órganos internos de los alienígenas. Por muy simples que fueran las mentes de los ogas, menuda puntería tenían los condenados...
Llegaron al cráter humeante. Teniendo en cuenta la velocidad y el tamaño del bólido al estrellarse, debería haber sido mucho más grande, pero desgraciadamente nadie les había enseñado a los ogas los conocimientos para percatarse de ello. Medía unos cien metros de diámetro y se inclinaba levemente hacia la parte de la montaña que no había saltado por los aires. En el centro del cráter, desafiando todas las leyes físicas habidas y por haber, una roca de dos metros de alto por uno de ancho y de color granate oscuro, descansaba rozando la verticalidad.
Era una roca muy extraña. Pero no por su aspecto, pues parecía que la habían inflado hasta formar grandes burbujas en su superficie, y tampoco por el agradable olor que despedía, semejante al de la lavanda.
No. Lo realmente atípico fue el hecho de que al acercarse los cinco cazadores, la roca les disparase una sustancia pegajosa a la cara, de un desagradable tono marrón verdoso, y posteriormente los ogas se retorcieran de dolor en el suelo, luchando por quitarse de la cara aquella masa repulsiva. Ah, y por respirar.
Definitivamente era una roca muy extraña.
Aunque no tanto como lo que ocurrió segundos después.