CAPÍTULO 1
EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

La luna llena brillaba sobre la ciudad de Ragaris, rodeado de colinas. El cielo nocturno estaba plagado de tantas estrellas, que parecía como si un dios borracho hubiera tropezado con una nebulosa, y se le hubieran caído los astros de la caja que transportaba. Luego, claro, las dejó así.
Maldito vago.
Como decía, era una gran noche. El cielo decía que era de noche. Las calles vacías decían que era de noche. Las tabernas repletas de ogas en un bochornoso estado de embriaguez, decían que era de noche. En resumen: todo parecía indicar que era de noche.
- ¡¿Y tú por qué demonios marcas las tres de la tarde?!
Ese era el viejo Axor Loz. En esos momentos estaba ocupado convirtiendo el reloj de la torre del pueblo en la pesadilla de un escultor abstracto. Un reloj bastante atípico, pues su esfera marcaba las veinticuatro horas del día. O las seguiría marcando, si Axor no acabara de lanzarla por la ventana. Se podría decir que carecía de argumentos para hacer aquello. Sin embargo, el único argumento que necesitaba lo tenía en sus manos: un enorme martillo de veinticinco kilos. Apenas podía con él.
Porque no era suyo.
- ¡Tali! -gritó Axor- ¡Ven y ayúdame a destrozar este estúpido reloj!
El oga aludido acudió a la llamada, refunfuñando. ¿Qué se supone que hacía ahí? Primero: no era su verdadero empleo. Y segundo: se estaba perdiendo una borrachera colectiva que iba a hacer historia*. Pero Axor pagaba bastante bien. Estaba como un cencerro, si. Pero tenía dinero. Y eso era lo que Tali necesitaba.
- Ande, deje que me ocupe de esto, que está mayor... -le dijo Tali a Axor arrebatándole el martillo como si de una pluma se tratara. Y es que Tali poseía una musculatura realmente impresionante.
Además, el martillo era suyo.
- ¡Acaba con esta máquina infernal de una vez! -le ordenó Axor- ¡Ninguna fuerza en este mundo es capaz de arreglar semejante montón de chatarra! ¡Ni siquiera los Escultores!
Tali reflexionó brevemente sobre lo que Axor acababa de decir.
Después se lió a martillazos con el reloj.

Pasaban diez minutos de la una. A esas horas, los ogas borrachos empleaban mesas, sillas, armas afiladas y animales disecados para solucionar disputas, las cuales solían iniciarse con un simple "no me gusta tu cara". Aquella noche no era una excepción.
Afortunadamente, no todos los ogas mostraban la misma actitud que en la época anterior a la caída del meteorito.
La biblioteca municipal de Ragaris estaba cerrada. Claro que eso no le importaba en absoluto a la chica de piel azul y melena oscura, que usó la llave de su madre y se deslizó sigilosamente en el edificio. No era una biblioteca

* No es una forma de hablar. Cuatro siglos después, todavía se recordaba aquella noche como la Fiesta de las Cosas que Nunca Harías Estando Sobrio.

muy grande, pero su dueña había tenido especial cuidado en colocar cada columna, pared, estantería y libro en lugares estudiados hasta límites enfermizos, con un único objetivo: ordenar subliminalmente a los clientes a visitar con asiduidad esa "maravilla de biblioteca". Y lo logró.
Estaba decidida. Necesitaba un libro, y por los cuatro Escultores que se lo iba a llevar de ahí. No iba a ser difícil, pues llevaba toda la vida entrando y saliendo de la biblioteca, y hacía unos pocos años que trabajaba en ella. Sólo tenía que bajar al sótano, abrirse paso entre las demenciales columnas de libros apilados, registrar una estantería tan llena de polvo que ni un ácaro sería capaz de sobrevivir ahí... y, se supone, encontraría el libro.
Pasó de largo el vestíbulo, y fue directamente hacia la puerta del sótano, situada a la izquierda. Tras abrirla, bajó los escalones velozmente.
Pero una vez abajo, encontró un obstáculo inesperado.
- ¡¿Mamá?! -gritó la chica.
- ¡¿Meda?! -gritó la madre de Meda desde un sillón.
- ¡¿Ella?! -gritó un desconocido entre la madre de Meda y el sillón.

La luna llena seguía brillando en el firmamento. El escenario: un enorme y esplendoroso templo semicircular, construido en el lugar donde antaño cayó un meteorito, a unos cien kilómetros al sur de Ragaris.
"Tres milenios", pensó Upsido. "¿Tanto tiempo ha pasado ya?
Se rascó la barbilla, pensativo. Jebuke, Galar y Flostrab esperaban pacientemente que dijera algo.
- De acuerdo -habló finalmente Upsido-. Lo haremos, pero por favor, intentad ser un poco más discretos esta vez.
- Descuida Upsido... -le tranquilizó Jebuke.
Lo que decía Upsido era ligeramente extraño. Hablaba de discreción, algo de lo que el cuarteto, los Escultores, no iba muy sobrado a la hora de trabajar. Y él tampoco. Pero claro, lo que querían hacer aquella noche se salía de lo común, incluso para ellos. Y preferían que ningún oga lo supiera.
- ¡Vamos allá!
Eso es lo que gritó Upsido antes de tirarse por la ventana. A continuación le siguieron Jebuke, Galar y Folstrab.
Ninguno tocó el suelo.

Tali abandonaba en ese momento la torre del reloj. Tras haber cobrado previamente, por supuesto. Axor había disfrutado tanto contemplando la terrorífica aniquilación total del reloj, que le pagó algo más de lo acordado. Cansado y con el dinero fresco en sus manos azules, lo único que quería Tali era meterse en una de las cuatro tabernas de Ragaris y gastarlo todo en compañía de seres que, más que ogas, parecían barriles de cerveza con piernas.
De pronto, en un cruce de calles, Tali se dio de narices con otra persona.
- ¿Meda? ¿Qué haces aquí?
- Ah, eres tú, Tali... nada, vengo de la biblioteca.
- ¿Otra vez? ¿Aún sigues buscando ese libro?
- ¡Pues claro! Ya sabes que a mi la historia me encanta...
Tali advirtió algo raro en la cara de Meda. Como si hubiera visto un fantasma. O como si ella misma lo fuera.
- ¿Te encuentras bien, Meda?
- ¿Eh? Ah, si, claro...


- Oye, que tú seas más lista, no significa que yo sea idiota. Venga, dime qué te ocurre.
- ... está bien...
Meda le contó lo que había visto.
Tali se rió a carcajadas.
- ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Sólo eso?
- ¡No te rías! Lo que pasa es que me impresionó un poco...
Tali rodeó a Meda por la cintura. Ambos sonrieron.
- Normalmente, a ti estas cosas no te impresionan nada... -dijo Tali.
Mirarse a los ojos fue el primer plato. Acariciarse mutuamente la azulada piel de la cara constituyó el segundo. Un apasionado beso llegó justo después a modo de postre.
- No, ciertamente no... hermanito... -dijo Meda.

Llegados a este punto, el lector suele reaccionar agresivamente contra paredes y animales domésticos, destrozando el mobiliario urbano, lanzando violentos espumarajos por la boca al tiempo que se rasga las vestiduras, y preguntándose qué está pasando*. Y el autor, en el improbable caso de tener el más mínimo respeto por el lector, debe proporcionarle alguna explicación. Bien, en este caso el lector está de suerte. Pero mejor que no se acostumbre.
Volvamos al prólogo. Justo donde lo dejamos. Un meteorito estrellado acababa de lanzar algo grotescamente similar a un moco verde a la cara de cinco ogas. Hasta ahí hemos llegado.
Bien, sigamos.
Pasados unos segundos de intensa agonía, la extraña sustancia, como si poseyera vida propia, se introdujo en los cuerpos de los ogas a través de la nariz y la boca. A esto le siguieron un par de minutos de una agonía todavía más atroz que la anterior, como si un chimpancé esquizofrénico estuviera haciendo sushi con sus tripas. Las de los ogas, se entiende.
Y de pronto, todo estuvo en calma. Ni dolor, ni gritos.
Merko se incorporó. Se encontraba bien. Muy bien. Demasiado. Había algo que no era como antes, de eso estaba seguro. ¿Pero qué era?
Los otros cuatro cazadores también se alzaron. Fue entonces cuando se dieron cuenta de qué era lo que había cambiado.
Flotaban a diez metros de altura.
No fue lo único. De hecho, las sorpresas acababan de empezar, pues aunque sus ojos se habían tornado completamente blancos, la vista de los cuatro ogas no tenía ahora nada que envidiar a la de un águila. Durante las siguientes horas notaron cómo su inteligencia iba en aumento. Tanto, que incluso la identificaban como "inteligencia".
Pero eso no fue lo mejor de todo.
Galar descubrió que sólo con pensarlo podía retorcer el curso de un río como si fuera un muelle. Su hermano Folstrab vio que él también podía hacerlo, y se atrevió a más: hizo crecer un gran bosque en mitad de un desierto cercano. Upsido les superó ordenando que una catarata invirtiera su movimiento. Jebuke demostró su gran poder haciendo surgir una isla volcánica cerca de la costa.

* Por supuesto no hay que tomarlo al pie de la letra. El orden puede ser aleatorio.


Luego estaba Merko. Para reafirmarse como líder del grupo, decidió volar solo hacia una enorme y lejana montaña de la Cordillera del Sur, ordenando que se separara de la base y flotara sobre su cabeza.
Y entonces se puso el sol.
Fue entonces cuando los cinco ogas descubrieron que sus poderes sólo funcionaban de día.
Merko no era una excepción.
Tres milenios después, seguía atrapado debajo de la montaña que él mismo había levantado. Los otros cuatro ogas sintieron la pérdida de su líder. Adoptaron el nombre de "Escultores", ya que eso era lo que hacían con el paisaje. Con el paso de los años, descubrieron tres cosas más: primero, que se habían vuelto inmortales (en cuanto a longevidad, pues teóricamente podían morir). Segundo, que sólo cuando había luna llena, una vez al año, podían emplear sus poderes en horario nocturno. Y tercero, que el hijo que tuvieron Jebuke y Folstrab siete años después, Legart, no compartía ni uno solo de los poderes de sus padres. Jebuke se negó a ver morir de viejo a otro hijo suyo, razón por la cual nunca más hubo descendientes de los Escultores.
El meteorito estrellado jamás fue movido del lugar del impacto. Durante siglos desprendió una extraña radiación que se extendió por el planeta Palak, y afectó a las mentes de todos los ogas dotándoles de la misma inteligencia de la que disfrutaban los Escultores. Un gran paso en la evolución.
Los ogas acabaron por aceptar a los Escultores como los líderes indiscutibles del planeta, porque no les quedaba otro remedio. Eran prácticamente dioses. Pero en el fondo seguían queriendo llevar una vida normal, aunque sólo fuera un poco. Así que construyeron un templo rodeando el famoso meteorito, que lentamente había ido perdiendo su poder. Dicho templo tenía una doble función: por un lado les proporcionaba un hogar (extremadamente lujoso, todo sea dicho). Y por otro, les brindaba una defensa nocturna, cuando sus poderes desaparecían.
Los Escultores, por fortuna, eran buena gente. ¿Una plaga asolaba una región? Un minuto después ya no había plagas. ¿Desastres naturales? Ídem. ¿Falta de alimentos? Hacían crecer enormes maizales y trigales. Con todo, curiosamente, el nivel tecnológico de los ogas parecía estancado en una permanente edad media. Upsido, elegido como nuevo líder de los Escultores, solía explicar que ellos no podían obligar a una civilización a avanzar, y que se limitarían a protegerla.
Cada cien años, los cuatro viajaban a la montaña bajo la que desapareció Merko, declarada por ellos como un lugar sagrado. Allí, durante toda una noche y hasta el alba, honraban su memoria contándose asombrosas historias imaginarias unos a otros.
Aquella noche se cumplían cien años desde la última vez.
...
Oh, bueno, respecto a la relación entre Meda y Tali...
Lo que ocurre es que los ogas se habían vuelto muy abiertos de mente con el paso de los tiempos.
Quizá en exceso.

- Buf... -resopló Meda, arriba.
- Eres la mejor -dijo Tali, abajo.


Abandonaron la cama y, abrazados por la cintura con una mano, salieron al balcón de la casa de sus padres, que no se encontraban ahí. Ninguna vestimenta cubría sus cuerpos.
- Ojalá todas las noches fueran tan bonitas... -dijo Meda apoyando su cabeza en el brazo de su hermano.
- Si, este año la luna está enorme... y las estrellas brillan mucho... sobretodo esa de ahí -Tali señaló un punto en el cielo-. ¿La ves?
- La veo... si... eh, un momento. ¡Se mueve!
- ¡Es una estrella fugaz!
Efectivamente, eso parecía. Pero había algo fuera de lo normal en ella.
- ¿Qué demonios...? -intentó decir Meda.
Era un meteorito. Atravesó el cielo envuelto en llamas y desapareció tras la línea del horizonte, en dirección oeste. Instantes después, ambos pudieron contemplar una lejanísima explosión de luz.
- ¡Vaaaaya! -exclamó Tali.
- Impresionante -dijo Meda.
Observaron juntos el resplandor hasta que se disipó; no lo sabían, pero eran las dos únicas personas de todo el pueblo que lo habían visto.

Mientras tanto, los Escultores habían llegado a la montaña sagrada, que bautizaron mucho tiempo atrás con el nombre de Yagulaphetar*. Creían que con el nombre de la montaña bastaría para ahuyentar a la gente del lugar, y hasta entonces había funcionado siempre. Pero olvidaron que durante el último siglo, en general, los niños ogas habían recibido de sus padres una educación que dejaba mucho que desear.
Desafiando el sueño, cuatro críos estaban correteando alegremente por la ladera de la montaña.
- ¡¿Pero será posible?! -gritó Galar al verlos desde lejos.
- ¡Hay que sacarlos de ahí ahora mismo! -dijo su hermano Folstrab.
- Discreción chicos, discreción -les recordó Upsido.
Qué iluso al pensar que le harían caso.
Los Escultores eran capaces de controlar el clima, así que bastó con que los dos hermanos y Jebuke crearan nubes de tormenta sobre la montaña, y descargaran un impresionante aparato eléctrico sobre la zona. Eso, combinado con un fuerte viento provocado por Upsido (ya le daba igual todo), fue suficiente para que los niños salieran pitando de ahí.
- Esos críos... -se quejó Jebuke mientras los veía correr ladera abajo.
- Ejem... eh, chicos... -dijo Folstrab.
- ¿Si? ¿Qué pasa? -preguntó Upsido.
- ¿No deberíamos parar "eso"?
Galar señalaba hacia la montaña. Al parecer, la tormenta se les había descontrolado un poco.
- ¡Oh, no! ¡Se nos ha ido la mano! -exclamó Galar.
- ¡Hay que detenerlo! -ordenó Upsido.
Justo antes de ordenar a la tormenta que se disipara, un rayo eléctrico de gran potencia impactó de lleno en la ladera este de la montaña, provocando una avalancha de rocas que bajó estruendosamente hacia la base.

* Literalmente "acércate y eres fiambre".


- Mmm... tendremos que ocuparnos de eso luego -dijo Upsido mientras se aproximaba a la cima de la montaña. Los demás le siguieron.
Una vez en tierra, se sentaron en unas rocas bañadas por la luz de la luna. El primero en contar su historia fue Folstrab. Un hermoso cuento que había estado reservándose y puliendo durante quinientos años, el cual narraba un grandioso viaje más allá de las estrellas, en busca de un paraíso celestial perdido y olvidado hasta por los dioses.
A los otros Escultores les gustó mucho. Excepto a uno.
Y no estaba sobre la montaña, sino debajo.
- Mi historia -dijo Jebuke-, comienza con la forja de los grandes anillos de poder. Tres fueron concedidos a...
- Espera Jebuke, un momento... -interrumpió Upsido-. ¿No habéis notado un pequeño temblor de tierra?
- Creía que eran mis tripas -contestó Folstrab.
- Si, yo también lo he notado... -dijo Galar-. Pero ha sido muy leve, no creo que sea nada importante.
- Venga Jebuke, sigue con la historia, cariño... -le pidió Folstrab.
- Vale. El caso es que un mago gris... ah no, que eso va después...

Si hubieran prestado más atención al temblor de tierra, esta historia habría terminado aquí.
Pero no lo hicieron.
Desde las profundidades de la montaña Yagulaphetar, un poderoso ser acababa de despertar de su letargo. Y una sola idea atravesó su mente.
"Ñyagroaaaarbluspluarrrghñiiick".
Tras pasar tres mil años petrificado, eso es una genialidad.