CAPÍTULO 2
EL VIAJE AL OESTE

Los Escultores eran una pandilla de pijos.
Al principio, cuando aún estaban poniendo a prueba sus poderes, se dedicaban a dar vueltas y más vueltas al planeta Palak, de modo que siempre quedaban expuestos a la luz del sol. Pero a los quinientos años, la cosa dejó de tener gracia, principalmente porque ya habían visto todos y cada uno de los rincones del planeta.
Así que volvieron al palacio que ellos mismos habían levantado cinco siglos atrás. Al abrir la puerta, descubrieron que las arañas y las cucarachas habían firmado una alianza para levantar un gran imperio.
Lo malo es que habían conseguido levantarlo.
A los Escultores hasta les dio pena tener que eliminar esas magníficas ciudades en miniatura, pobladas con una gran diversidad de insectos, y construidas con el mismo polvo que se había ido acumulando con el paso de los tiempos. Con lo monas que eran...
Bueno, como decía al principio, al asentarse en el templo se fueron volviendo unos pijos de cuidado. Muchas veces salían para ver cómo evolucionaba el mundo y para solucionar catástrofes, pero la mayor parte del tiempo se lo pasaban comiendo (fue una gran ventaja que nunca engordaran), tumbados a la bartola, planteando dudas filosóficas, y realizando otras actividades que no hace falta mencionar. Todo, eso si, mostrando una pompa y exquisitez que cada siglo iba en aumento; en la época de esta historia, el interior del templo era tan sumamente hortera, que hasta Elton John haría una mueca de asco al echar un vistazo dentro.
Eran las cinco de la madrugada y los Escultores seguían contando historias. Pero ahora estaban en pleno descanso, momento en que aprovechaban para tomar una bebida que Galar había descubierto en la otra punta del mundo. Sus efectos eran muy relajantes. Los habitantes de su región originaria, conocían la planta de la que se extraía la bebida como Tronquito de Eunuco*, pero para evitar que les vinieran desagradables imágenes a la cabeza, los Escultores la llamaban sólo por sus siglas.
- Me pregunto si esta bebida podría mejorarse... -comentó Upsido tras tomar otro sorbo de su taza.
- ¿Mejorarse? ¿Con qué? -preguntó Jebuke.
- No sé... tal vez con limón...
- ¡Ja, ja, ja! -estalló en risas Folstrab- ¡Si hombre, y qué más! Ya puestos, ponle melocotón, no te digo...
- Bueno chicos, me parece que ya es hora de seguir con nuestras historias -anunció Upsido poniéndose de pie-. Galar, eres el siguiente. Y para finalizar, como siempre, yo.
Un nuevo temblor. Esta vez, algo más fuerte.
Pasaron de él olímpicamente.
Craso error.
- Vamos allá -empezó Galar-. Hace mucho tiempo, en una galaxia...

* La planta recibió ese peculiar nombre cuando Haxot Bloowir, el granjero que la descubrió un milenio atrás, sufrió un desagradable accidente cuando se disponía a cortar las raíces con su guadaña.

Nada de temblor. Toda la montaña se sacudió de arriba a abajo.
- ¡Vaya! ¿Qué ha sido eso? -exclamó Upsido.
Otra sacudida, aún más fuerte que la anterior.
- Si no fuera porque es imposible -dijo tranquilamente Jebuke-, juraría que la montaña está cabreada.
- ¿Cómo? ¿Tres milenios y aún usas la palabra "imposible"? -le preguntó Folstrab.
- Oye, no empieces con...
La tercera sacudida fue la más potente. Y también la más curiosa, pues contemplar cómo una montaña se parte en dos, al tiempo que una bola de fuego con brazos y piernas sale volando de su interior a la velocidad del sonido, no es lo que se dice muy habitual.

Un nuevo día comenzaba en la ciudad de Ragaris. La luz del sol se deslizaba perezosamente por las colinas circundantes, alcanzando después a los centinelas de la muralla del pueblo, profundamente dormidos. Al parecer, nadie les había avisado de que el viejo Axor había destruido el reloj de la torre central de Ragaris y, por tanto, las campanas no podían advertirles del cambio de guardia habitual.
Por otra parte, eran idiotas.
Felok. Esa palabra se podía leer en un pequeño cartel, situado sobre la entrada del hogar de Meda y Tali. Por alguna misteriosa razón, la palabra coincidía con el apellido paterno.
La puerta se abrió y los hermanos salieron a la calle, en plena discusión.
- ¡Que no! -exclamó Meda.
- Meda, ese libro no existe, olvídate de él -insistió Tali.
- ¡He dicho que no! Además... llevo tanto tiempo buscándolo que ya se ha convertido es algo personal... ¡hasta luego Tali, que llego tarde!
Meda le dio un beso, se giró y se fue caminando con rapidez hacia la biblioteca. Llegaría tarde por la misma razón que los centinelas se habían dormido. Eso era algo que desconcertaba a los hermanos Felok: Valya, su madre, tenía una especie de reloj interno, gracias al cual jamás llegaba tarde a ningún sitio. En ocasiones, esto era desesperante.
Tali, por su parte, no tuvo más que cruzar la calle, pues enfrente se hallaba el lugar donde trabajaba: la única herrería de Ragaris, propiedad de su padre, Rowler, que ya estaba templando algunos escudos y espadas. Era un oga de piel amarilla y tanto o más fuerte que su hijo.
- Hola papá -dijo Tali-. ¿Mucho trabajo?
- Para ti si -respondió Rowler sonriendo-. Parece que anoche te divertiste en el reloj de la torre...
- Tanto como divertirme... -Tali se dirigió al horno principal, pero siguió hablando a su padre-. Machacar un reloj mientras el viejo Axor se ríe histéricamente detrás de mí, es casi terrorífico...
- Pues vaya putada que nos ha hecho el señor Axor. Espero que al menos te pagara bien...
- Si. Aunque no tuve tiempo de ir a gastármelo en cerveza porque...
- ¿Si? -Rowler se giró lentamente hacia su hijo- ¿Por qué?
- Bueno... esto... -Tali se llevó una mano a la parte posterior de la cabeza.
- Has vuelto a acostarte con tu hermana, ¿verdad?


Si esto fuera el mundo real, Rowler ya habría ensartado a su hijo con la espada que en ese momento sostenía.
Afortunadamente, esto no es el mundo real.
- Ah, quién fuera joven...
Y Rowler prosiguió con su trabajo.

- Te lo pasaste bien ayer, ¿eh? -preguntó Meda.
- Mira quién habla... -le contestó su madre.
- ¿Eh? ¿Cómo lo sabes?
- Porque soy tu madre. Y ahora, a trabajar.
Valya, la madre de Tali y de Meda, poseía el mismo tono de piel que habían heredado sus hijos. Décadas atrás había sido tan bella como Meda, pero la edad y su pasión por los dulces se habían hecho notar en su cuerpo. Esto no quiere decir que fuera obesa, pero si algo rolliza.
Meda abandonó el despacho de su madre y descendió las escaleras hasta el vestíbulo. Desde allí se dirigió hacia una estancia donde un cartel colocado a la entrada rezaba "Sala C: Libros Raros"*. La tarea de Meda consistía en recolocar en su estantería correspondiente los libros que habían sido desordenados por los clientes. No hay que dejarse engañar por la aparente sencillez de este trabajo, pues como ya se ha explicado, Valya realizaba siempre un estudio a fondo sobre dónde colocar cada libro, sin excepción. Eso, unido al hecho de que los clientes no tenían ningún reparo en apilar los libros sobre las mesas cual pirámides aztecas, hacían que Meda realmente se ganara el sueldo.
Al primer rato libre que tuviera, continuaría con la búsqueda del libro. Lástima que no supiera que no estaba ahí.

- De acuerdo -dijo Upsido-, recapitulemos.
- ¿Recapitular? ¡¿Recapitular?! -gritó Jebuke-. ¡Dejémonos de tonterías! ¡Hay que encontrarle como sea!
- Cariño, no sabemos ni en qué dirección se ha ido -le recordó Folstrab.
Era cierto. La explosión de la montaña había sido tan violenta, que antes de poder ver en qué dirección partía la bola de fuego, una nube de polvo y rocas tan grandes como casas nubló la vista de los Escultores. Para cuando la disiparon, el rastro de la bola se había desvanecido.
- A saber en qué estado se encontrará, después de tanto tiempo -comentó Galar-. ¿Y si está malherido?
- Galar, Merko es uno de los nuestros -le respondió Upsido-. Pensar que pueda sufrir heridas graves es absurdo.
- Te recuerdo, Upsido -dijo Galar-, que Merko se ha pasado tres mil años enterrado bajo esta montaña. Bueno, lo que queda de ella. No podemos saber en qué ha afectado eso a sus poderes... o incluso a su mente.

Merko. Se llamaba Merko. Era lo único de lo que estaba seguro.
¿Qué más? Ah si, estaba en el desierto. Tenía que ser un desierto. Era imposible que existiera una playa tan enorme. Además, la caravana de guluros** que acababa de desfilar ante sus ojos, constituía otra pista. El grupo

* No hay que olvidar que la mayoría de los ogas no son especialmente cultos; cualquier libro más grueso que un lápiz, ya es considerado una rareza.
** Estas singulares criaturas podrían describirse como seres a medio camino entre un camello hipertrofiado, y una oruga con graves problemas de flatulencia. Lo sé, es repugnante.


transportaba mercancías diversas, ocultas bajo grandes mantas, y eran conducidos por un grupo de ogas nativos de la zona. Parecía gente amable, dispuesta a prestar su ayuda a cualquiera que la necesitara.
Bien. Merko puso en orden sus prioridades, y decidió hacer lo que en aquel momento le parecía más sensato. Desgraciadamente, contaba con una pequeña desventaja.
Ya no sabía ni lo que era la sensatez.

- ¡¿Dónde?! -exclamó Tali.
- En casa, creo recordar -le respondió Rowler-. No sé, pregunta a tu madre; ella se lo llevó de la biblioteca.

El primer rato libre de Meda llegaba a su fin y, para variar, no había encontrado el más mínimo rastro del libro.
- ¿Se puede saber qué estás buscando?
Valya sorprendió a Meda de tal forma, que soltó el montón de libros que transportaba en sus brazos y se esparcieron por el suelo.
- Eh... ah... ¡lo siento! ¡Ahora los recojo! -exclamó Meda.
- Responde a mi pregunta -ordenó Valya a su hija, en un tono que nadie más en el planeta Palak sería capaz de igualar.
- Estaba buscando un libro, nada más.
- ¿Qué libro?
Típico de Valya. Nunca paraba hasta llegar al fondo de la cuestión. Meda se resignó y le dijo exactamente lo que buscaba.
- ¿En serio? -preguntó Valya, algo sorprendida- Vaya, qué curioso...
- ¿Curioso por qué?
- Bueno, ese libro era demasiado valioso para tenerlo aquí. Así que decidí llevármelo a casa y guardarlo en una caja, dentro de mi armario.
Valya parpadeó. Hubiera jurado que medio segundo antes, su hija se encontraba frente a ella.

- ¡¡No te lo vas a creer!! -exclamaron Meda y Tali al unísono, frente a la puerta de su hogar.
No fueron necesarias más explicaciones. Los hermanos entraron corriendo en la casa y subieron a gran velocidad las escaleras que llevaban al dormitorio de sus padres. Dentro del armario, tal como había indicado su madre, Meda encontró una caja rectangular forrada en cuero, de tamaño aproximado al de un tablero de Paperchi*, unos cuarenta centímetros de largo.
Meda la abrió con cuidado. Sonrió.
- Dime Tali... ¿te gustaría echar un vistazo a un libro que no existe?
En la portada rezaba el título "El Solamarillo". Debajo, en caracteres más pequeños, se podía leer el texto "Crónica del Alba de la Inteligencia y profecías acerca de sus misteriosas consecuencias futuras", seguido del nombre del autor, Yayako Gumil III.
Meda sentía como si hubiera descubierto una civilización entera. Con sumo cuidado, colocó el antiquísimo libro sobre la mesa y se dispuso a leerlo junto a su hermano.

* Juego de mesa bastante popular, consistente en un tablero, un dado, una ficha, una campana, catorce jugadores y cincuenta y siete armas afiladas. Algunas de las reglas originales se han perdido; por ejemplo, nadie sabe para qué narices sirve el dado.

Que no quiere decir que él mirara mucho el libro.
Bueno, si. Miraba los dibujitos.
- Es increíble -musitó Meda, emocionada-. Es más antiguo de lo que me imaginaba. Debe tener por lo menos 2900 años...
- 2900... o sea, que ya había Escultores, ¿no? -preguntó Tali, haciendo un enorme esfuerzo mental.
- Bingo. Tali, si lo que creo es cierto, este libro no sólo explica los primeros dias de los Escultores, sino que profetiza acontecimientos futuros relacionados con ellos... y con todos los ogas.
- ¡Qué más quisieras!
Valya acababa de gritar eso desde la puerta de la habitación.
- ¿Mamá? ¿Qué haces aquí? -preguntó Meda extrañada.
- Llevarte de vuelta a la biblioteca... y de paso, explicarte lo que es realmente ese libro.
- ¿Cómo?
- Meda... ¿crees que no lo he leído? No es más que un bonito cuento, y todas las profecías que incluye son falsas. Bueno, más que eso: no tienen ni pies ni cabeza. Conservo el libro aquí porque es demasiado antiguo y frágil como para tenerlo en la biblioteca.
Tali observó el libro con curiosidad y pasó muchas páginas adelante, casi hasta el final. Las dos mujeres no se dieron cuenta.
- ¡Mamá, no puede ser cierto! ¡Estoy segura de que guarda algún mensaje oculto!
- "... noche de la gran luna..." -leía Tali.
- ¡Tonterías! No hace más que mencionar animales inexistentes, más meteoritos raros y destrucción masiva constantemente. Es lo más tópico que me he echado a la cara...
- "... segunda piedra celeste..."
- ¿Es que no sabes leer entre líneas, mamá? ¿Y si esos animales fueran representaciones de ogas o Escultores?
- "... desde la ciudad sin tiempo..."
- Meda, anda, déjalo ya y vamos a la biblioteca.
- "... más allá del ancho mar..."
- ¡Ya está bien! -protestó Meda- ¡Dices que te has leído ese libro, pero seguro que sólo lo has ojeado! ¡Y ni siquiera te has molestado en interpretar las profecías!
- ¡Oye Meda, no te consiento que...!
- "... madre cabezota que no atiende a razones..."
Valya y Meda miraron a Tali fijamente.

Los Escultores habían iniciado ya la búsqueda de Merko. Desde el templo, los cuatro despegaron en direcciones distintas: Upsido al este, Galar al sur, Jebuke al oeste y Folstrab al norte.
Es ahora cuando uno se pregunta: "si tan inteligentes y poderosos son, ¿cómo no se les ocurre buscar en el sureste?".

El sol iluminaba la amarillenta piel de Merko, al tiempo que la brisa mecía su terriblemente alborotado cabello castaño.
Si. Se sentía vivo de nuevo.


Mostrando una expresión que irradiaba felicidad, Merko descendió de la montaña de cadáveres humeantes.

Tras repasar el libro durante media hora, Meda llegó a tres conclusiones.
Primera: sólo ella y Tali habían visto el meteorito la noche anterior.
Segunda: no era una casualidad.
Y tercera: si ese pasaje del libro no había sido escrito durante una borrachera, todo parecía indiciar que no era un meteorito muy normal.
- ¿Otro? -preguntó Valya- Vaya, la historia se repite nada menos que tres milenios después...
- Escuchad, esta parte hace referencia a lo que Tali leía antes -anunció Meda, preparándose para leer una cita del Solamarillo-: "Cien veces treinta lunas desde hoy*, la roca hermana llegará del firmamento. Hermanos de azulada piel la verán...".
- Bueno, ni que fuéramos los únicos hermanos de piel azul de todo el planeta... -comentó Tali.
- Pero es que luego añade: "... tras hacer lo indecible en el lecho".
Quizá sea un buen momento para recordar al lector la casi total falta de prejuicios de los ogas; esto hace posible que una chica le recuerde a su hermano su última y salvaje noche de pasión delante de su madre, sin peligro de que abandonen la habitación desheredados.
- Er... vale, de acuerdo... -reconoció Tali-. ¿Y ahora qué?
- ¿Ahora? -Meda cerró el libro y sonrió- Ahora hay que encontrar ese me-teorito como sea. Tali... tenemos que viajar al oeste.
- ¡Eh, eh, un momento! -gritó Valya- Vosotros dos no vais a ir a ninguna parte, tenéis demasiado trabajo pendiente...
- ¡Mamá, esto es más importante que cualquier trabajo! -se quejó Meda- ¡Podrían haber nuevos Escultores, o una catástrofe en ciernes! ¡Hasta podríamos estar ante el advenimiento de un nuevo orden mundial!
- Vale, muy bien... ¿y por qué vosotros dos?
Meda se limitó a leer otro párrafo del libro:
- "Los hermanos azules viajarán en dirección oeste, buscando la roca hermana. No porque sea su destino, ni porque lo dictamine una fuerza sobrenatural. No. Porque lo digo YO. Y punto. Joder ya"
Valya no dijo nada más.

* Primera regla del profeta: no uses cifras concretas, y hazte el chulo con extrañas multiplicaciones. No acertarás nada, pero venderás más libros.