CAPÍTULO 3
LA ODISEA

A continuación, vamos a echar un vistazo a lo que ocurre a los pies del Templo Escultor y, más concretamente, en la capital del planeta Palak. Fue fundada en los primeros días del Alba de la Inteligencia, a raíz de la que probablemente fuera la primera muestra de inteligencia de los ogas. Aunque claro, apenas se había iniciado el desarrollo mental de la raza; por ese mismo motivo, en un alarde de originalidad sin precedentes (literalmente), bautizaron la ciudad con el nombre de Escultaria.
A lo largo de sus tres milenios de existencia, Escultaria no había evolucionado en absoluto. La palabra "mutación" describe mejor el imparable desarrollo de la ciudad que, partiendo de la ladera del Templo Escultor hacia el sur, se extendía formando un círculo deforme de casi doce kilómetros de diámetro. En todos los territorios conocidos, ninguna otra ciudad se podía comparar ni por asomo con el tamaño y número de habitantes de Escultaria.
Tenía todo lo que cabía esperar de una capital planetaria: una inimaginable variedad de grupos sociales, tiendas como para parar una nave estelar, viviendas apiladas y aparentemente diseñadas por alguien que en su vida ha estudiado ingeniería, multitud de locales nocturnos... pero si había algo en que todos los habitantes se ponían de acuerdo, era en el culto que rendían a los escultores; bastante peculiar, pues la gente solía hablar con ellos como amigos, y no como dioses*.
La población estaba algo nerviosa. De buena mañana habían visto partir a los escultores, desde el templo hacia los cuatro puntos cardinales. Ya era mediodía y aún no habían vuelto, un retraso bastante inusual. Pero claro, hasta en la ciudad más cercana al primer meteorito aún hay ogas a quienes no se les ha desarrollado del todo la inteligencia (en algunos casos, ni con un meteorito se podía obrar tal milagro); son los guerreros y folloneros que se reúnen en las muchas tabernas de Escultaria. Acerquémonos a una de ellas, situada en una calle algo estrecha, y luciendo un cartel lleno de polvo donde a duras penas podía leerse "La Espada Azul". Un simple vistazo a su interior nos revela que se trata de una taberna de lo más normal, con su sangrienta batalla campal entre clientes, y todo.
Sólo una oga parecía hallarse al margen de la pelea, sentada en un rincón con la cabeza gacha y bebiendo cerveza. Era rubia y de piel lila, parecía bastante fuerte y vestía ropas de guerrera; no se podía decir que era una belleza espectacular, pero tenía una cara agradable. De su espalda colgaba una enorme espada de dos manos metida en su funda.
Un hombre absolutamente borracho se acercó a ella, con intenciones bastante obvias.
- ¡Eh, preciosa! -exclamó- ¡Creo que eres la mujer más...!
- Déjame en paz -interrumpió ella.
- ¡Vamos, no seas tan dura! Podríamos...
- Por tu propio bien, déjame en paz.

* En ciertos pueblos donde sus habitantes eran mucho más fervientes que en Escultaria, no comprendían cómo un oga podía tener el valor de soltarle a un Escultor algo como "¿Qué pasa contigo, tío?", y despertar con vida al día siguiente.

- ¿Y por qué debería...?
Un puñal rebotado de la pelea que todavía se desataba en el local, estuvo muy cerca de atravesar la cabeza de la mujer. Sin embargo, tras un movimiento tan rápido que el borracho no pudo ni percibir, el mango del puñal estaba ahora rodeado por una mano femenina. Ah si, le apuntaba a él.
- Por última vez... -empezó a decir la mujer.
- Eh... no... ya... ya me voy...
La mujer, de veinticinco años, se llamaba Serlona y no se encontraba precisamente en el mejor momento de su vida.

La familia Felok estaba en la puerta oeste de Ragaris. Padre y madre se preparaban para despedirse de sus dos hijos, portadores de abultadas mochilas, apenas un día después de que les convenciesen para embarcarse en una... "misión", o algo parecido. El sol de la mañana iluminaba con fuerza las colinas de las afueras.
- Que conste que no acabo de aprobar todo esto -dijo Valya a sus hijos-, pero en fin... al menos conoceréis mundo.
- ¡Y con suerte encontraréis pareja de una puñetera vez! -exclamó Rowler aguantándose la risa a duras penas.
Meda y Tali inclinaron la cabeza, sintiéndose algo culpables. Si, se divertían mucho juntos, pero también sabían que tarde o temprano tendrían que buscar a alguien a quien amar realmente. Ambos se encontraban en ese momento de la vida en el que un oga empieza a plantearse si existe algo más aparte del sexo.
Todavía no lo tenían muy claro.
- Papá, mamá... no os preocupéis -les tranquilizó Meda-. Sabemos que el mundo es peligroso, tendremos cuidado.
- Bueno, deja que tu hermano se ocupe de hacer el viaje seguro -le aconsejó Rowler, que observaba el martillo gigante de su hijo.
- Claro, Lushof y yo nos lo pasaremos en grande -afirmó Tali sonriendo, refiriéndose a su martillo, pues le había puesto un nombre. Literalmente significaba "Trueno".
- Bueno, tampoco es eso... -murmuró Valya.
Tuvieron lugar los últimos besos y abrazos. Finalmente, los hermanos Felok atravesaron la puerta oeste de las murallas de Ragaris, dejando atrás a sus padres, una casa y un libro de casi 3000 años. Dos horas después, cuando se percató, Meda volvió a por él y el viaje comenzó definitivamente.

Merko despertó sobre algo blando y apestoso; hubiera jurado que se trataba del cadáver de un guluro.
Casi acertó. Era el jinete.

La Espada Azul podía declararse ya zona catastrófica. Alguien incluso llegó a sugerir que debían rebautizar el local como "La Espada Rota", y de hecho así fue. Muchos años después, en parte por un curioso movimiento artístico y cultural sin precedentes, y en parte por la recuperación económica que tuvo lugar en la zona, la taberna volvió a cambiar de nombre, ya de forma definitiva. Pasó a llamarse "La Espada Rota que Volvió a Ser Forjada". Pero como suelen decir, eso es otra historia.


Serlona abandonaba el local en ese momento, llena de rabia y frustración. Habría que aclarar primero que en ningún momento tomó parte en la batalla campal. En otras palabras: su estado emocional era el mismo, tanto al entrar en la taberna como al salir.
Era la última descendiente de los Gortel. Siglos antes, esta familia de guerreros había sido conocida en casi todos los reinos del continente Gorakán *, por su fuerza, valentía, y espíritu justiciero en antiguas batallas. Hoy en día, lo único en lo que destacaban los Gortel, era en emborracharse cada día como si el mundo se fuera a acabar.
Pero Serlona era diferente. Algunos familiares la calificaban de oveja negra, aunque lo cierto es que se trataba de una oveja blanca, en mitad de una familia de ovejas negras. Su sueño era devolver la gloria, la fama de buenos guerreros y, en definitiva, el buen nombre a la familia Gortel.
Esa ira y frustración que mostraba a todas horas del día tenían, pues, un origen bastante claro.

Conviene decir ahora que los ogas viven bastante tiempo. La esperanza de vida en las grandes ciudades es de 125 años. Que muchos jóvenes lo usen como excusa para seguir viviendo en casa de sus padres un lustro o dos más, no deja de ser una vergüenza.
Ya habían superado las Colinas de Ragaris. Meda respiró profundamente y sacó su diario. Era perfectamente capaz de escribir mientras caminaba, y además con buena letra:
"14 de julio de 3000.
Querido diario:
La odisea ha empezado. Mi hermano y yo hemos partido de Ragaris y nos dirigimos al oeste, en dirección a Dema. Hace un día estupendo."

No, ciertamente no era muy original.
Tali no tenía diario, pero si lo escribiera, sería algo parecido a esto:
"No sé qué día es.
Querido diario:
Pero qué buena que está Meda, joder".

De repente, Meda dejó de escribir. Algo que atravesaba el cielo a gran velocidad, le llamó más la atención.
- ¡Mira Tali! ¡Es un Escultor! -exclamó.
- Anda, pues es verdad... ¿qué estarán haciendo por aquí?
A 5000 metros de altura, Folstrab sospechaba que Merko no había partido en dirección norte.
Empezaba a aburrirse.

Tras recorrer varios kilómetros a la pata coja y graznando cual urraca histérica, Merko llegó a un oasis.
Tenía sed y al mismo tiempo no tenía. En parte por ser un Escultor, y en parte por estar más sonado que una campana.
Entre las palmeras encontró un lago. El agua no era muy saludable que digamos, pero no había otra cosa. De hecho, otra caravana de guluros estaba bebiendo del lago en ese mismo momento, mientras sus cinco jinetes descansaban bajo las palmeras.

* Donde por una de esas casualidades de la vida, esta historia ha tenido lugar desde el principio, pero el autor había olvidado especificarlo. Pedazo de inútil.


Un minuto después, los guluros seguían donde estaban.
En serio. Todos los trozos estaban ahí.

- ¡Tu no te vas a ninguna parte!
- ¡Oblígame a quedarme!
La primera voz pertenecía a Jultrap, el padre de Serlona, gordo como un barril de cerveza y con el mismo contenido de alcohol en el cuerpo. La segunda, a la propia Serlona. Al igual que Meda y Tali, ella también se disponía a abandonar su ciudad natal, aunque por otros motivos. De hecho, es precisamente esa diferencia la que hacía que la "despedida" fuera sustancialmente distinta a la de los hermanos Felok.
- ¡Vuelve aquí ahora mismo, maldita revolucionaria! -gritó Jultrap desde la puerta de su hogar.
- ¡Tú ya no puedes darme órdenes! -contestó Serlona, vestida con las mismas ropas guerreras, a diez metros de distancia.
- ¡Pero puedo hacer que las cumplas!
Jultrap salió a la calle blandiendo un bastón enorme, pesado y, por su aspecto, doloroso si llegaba a impactar en el cuerpo de alguien. Serlona se giró hacia él, desafiante.
- Te lo advierto, no te acerques... -dijo despacio.
- ¡No te atrevas a amenazarme, desgraciada!
Jultrap atacó a su hija.
La pelea duró exactamente dos segundos y catorce centésimas.
Serlona huyó de la ciudad.

- Mira, ahí va otra vez -dijo Tali señalando el cielo.
- ¿Por qué estará dando tantas vueltas? -se preguntó Meda.
- No sé... estará buscando algo, digo yo...
Sobre ellos, Folstrab llegó a la conclusión de que el aburrimiento ya era inaguantable, e inició un descenso.
- ¡Va a aterrizar muy cerca! -exclamó Meda.
Y no se equivocaba. Apenas cuarenta metros por delante suyo, en el mismo camino que estaban recorriendo, Folstrab se posó de espaldas a ellos.
- Madre mía, es Folstrab... -musitó Meda, muy nerviosa.
- Esto... ¿le decimos algo? -preguntó Tali.
Folstrab se sentó en una roca del camino. No parecía cansado (algo bastante difícil para un Escultor), pero si pensativo.
- Mejor... hagamos como que no le hemos visto -respondió Meda.
Con paso ligeramente tembloroso, los hermanos continuaron recorriendo el mismo camino, hasta que pasaron junto a Folstrab.
- Oh, buenos días -les dijo.
Seguramente el lector habrá visto alguna vez una serie o película de animación, donde un personaje se queda literalmente congelado al ser sobresaltado por algún motivo.
Ese era el estado de Meda y Tali. Salvo por el hielo.

Cualquiera diría que Merko tenía algo en contra de los guluros. Uno no acaba de comprender el motivo hasta que piensa: "¿qué puede tener alguien en contra de unas repugnantes y apestosas criaturas, tozudas hasta más allá


de lo razonable, y que lo dejan todo perdido de babas pegajosas?". La mayoría de la gente empieza a verlo entonces un poco más claro.
Pero el problema de Merko con los guluros viene de antes de la caída del primer meteorito, y no vale la pena explicarlo. El caso es que ahora se había aburrido de quemar y reventar seres vivos. Quería probar algo distinto.
Los cinco aterrorizados jinetes sintieron un dolor agudo en las sienes, antes de derrumbarse inconscientes.

- ¿Os encontráis bien? -acabó preguntando Folstrab, un minuto después de que los hermanos Felok decidieran no mover ni las pestañas. Continuaba sentado en la roca.
- U... u... ¿usted es... Folstrab? -se atrevió a preguntar Meda finalmente.
- Si, lo soy... ah, ya entiendo... disculpadme, estoy demasiado acostumbrado a tratar a la gente de Escultaria de tú a tú, y nunca recuerdo que fuera de la capital, a los Escultores se nos ve de otra forma...
- Meda... -musitó Tali.
- ¿Si? -preguntó Meda.
- Un Escultor acaba de pedirnos disculpas...
- Si...
- Hum... ¿os incomodo? -preguntó Folstrab con curiosidad.
- Si. ¡Digo, no! Es decir... -Meda estaba hecha un manojo de nervios.
- La verdad es que estoy tomándome un descanso... por llamarlo así -la interrumpió Folstrab-. ¿Queréis una taza?
- ¿Una... taza? -Tali estaba alucinando.
Folstrab se percató de un descuido.
- ¡Oh, claro, lo olvidaba! -exclamó.
Dirigió sus manos al charco de barro que había en mitad de la hierba a pocos metros, e hizo un gesto extraño con los dedos. De repente, el charco soltó chispas como si de un castillo de fuegos artificiales se tratara, y al momento, tres pequeñas tazas de barro cocido surgieron de la nada. Folstrab las hizo flotar hasta sus manos. Luego extrajo de su túnica una pequeña bolsa llena de hojas de Tronquito de Eunuco.
- Ya está... ¿tenéis agua? Si no, ya puedo hacer que llue...
Por algún motivo misterioso, los hermanos habían decidido desmayarse.
Folstrab suspiró:
- Buf... extranjeros...

Con la intención de perder de vista a cualquier perseguidor, Serlona había abandonado Escultaria por la puerta oeste, y se disponía a cruzar el Río Felape para internarse en el bosque. Era un lugar curioso. Durante un tramo de casi cien kilómetros, el río se dividía en dos ramales ampliamente separados, entre los cuales crecía el Bosque Mernal; su espesura lo hacía ideal tanto para una huida, como para parejas que desearan un poco de intimidad*.
Ya no podía volver atrás. Eso era lo que Serlona pensaba. Lo que no tenía muy claro era en qué dirección continuaría una vez atravesado el bosque. Es lo que ocurre cuando tienes ganas de vivir una gran aventura, pero no sabes ni por dónde empezar. Pero claro, no es lo mismo empezar una odisea de este tipo como quien va a dar un paseo por el campo, que hacerlo armado con

* Generalmente mucha.

una espada enorme y una gran preparación física. Esas cosas suelen dar ventaja. Si a eso se le añade tener un impresionante cuerpazo lila y un mal genio innato, es fácil imaginar que el viaje de Serlona, fuera a donde fuera, sería cualquier cosa menos aburrido.

La luz del atardecer iluminaba ya la pradera por la que discurría el camino entre Ragaris y Dema. Un Escultor y dos ogas charlaban animadamente, tomando otra taza de Tronquito de Eunuco.
Si, eran Folstrab, Meda y Tali. Los primeros minutos habían sido muy tensos, pero transcurridas sólo un par de horas, los hermanos Felok podrían haber pasado ya por habitantes de Escultaria.
- ¿Otro meteorito? Vaya, vaya... -Folstrab se estaba divirtiendo. Cualquier conversación sobre algo mínimamente nuevo, es suficiente para entusiasmar a alguien que haya vivido miles de años.
- Si, y luego encontramos el libro, y vimos que no podía ser una coincidencia -comentó Meda-. Oye, ahora que pienso...
Sacó el Solamarillo de su mochila y le mostró la portada a Folstrab.
- No conocerías por casualidad al autor, ¿verdad? -añadió Meda.
Folstrab observó detenidamente el nombre.
- Hum... Yayako Gumil III... -Folstrab se levantó- Pues no, me temo que no le conocí. Pero le preguntaré a los demás por si acaso. Me extraña mucho que no supiéramos de la existencia de este profeta...
- ¿Te marchas ya? -preguntó Tali.
- Si, tengo que seguir mi búsqueda. Siento no poder daros más detalles, porque es un asunto privado de los Escultores -Folstrab empezó a levitar-. Si venís un día a la capital, no olvidéis pasaros por el templo. ¡Adios Meda y Tali! -exclamó mientras ganaba altura.
- ¡Adios, Folstrab! -exclamó Meda.
- ¡Hasta pronto! -gritó Tali.
El Escultor voló a gran velocidad hacia el sur.
- Qué tío tan majo... -comentó Tali.
- Si... -dijo Meda.
- Hermanita...
- ¿Si?
- Anda, deja de babear...
- Si...
Los hermanos Felok continuaron su viaje.