Prólogo de los Dioses

Antiguamente, cuando la civilización terminaba en Finisterra y no venía nadie del otro lado del Atlántico para negarlo (o incluso para afirmar que eso que los europeos llamaban "civilización", a los nativos americanos les daba mucha risa), los humanos tendían a diversificar su fe. No en el sentido de cambiar de creencias como de calcetines (¿se los cambiaban?), sino en el de las religiones politeístas.

Eran todo ventajas. Si el Dios al que adorabas empezaba a caerte gordo, podías empezar a adorar a otro sin cambiar de religión. Y al haber tanta demanda, los Dioses competían entre ellos para atraer la atención del máximo número de fieles posible. En resumen: la oferta era amplia y, en general, de calidad.

Los Dioses egipcios gozaron de una enorme y larguísima popularidad, que se extendió durante varios milenios. Cayeron en desgracia, no obstante, cuando se presentaron los romanos, cuyo éxito subió como la espuma. Ra y Zeus acusaron a Júpiter de plagio, pues era obvio que su religión era un calco de la griega, que mantenía buenas relaciones con la egipcia. Pero de nada sirvió: un jurado compuesto por dioses nórdicos, africanos, aztecas y hasta un par de kamis, falló a favor de Júpiter. El pobre Zeus se tiraba de los pelos.

Hasta el día de hoy, aún se sospecha que Júpiter envió en secreto a Mercurio para sobornar al jurado. Pero eso es algo que nunca se ha podido demostrar. Y menos desde que los Dioses egipcios, romanos, griegos, nórdicos y aztecas se retiraron, hace ya siglos, por culpa de un advenedizo llamado Yaveh, que llegó con una campaña de márketing como no se había visto desde que el príncipe Siddharta presentó su moda de túnicas naranjas.

Las religiones politeístas habían perdido interés. Entre Yaveh, Buda y Alá, se repartían una buena parte del mundo, aunque los hindúes aún mantenían un flanco abierto y no estaban dispuestos a rendirse. Los kamis eran un mundo aparte, pues los sintoístas nunca los consideraron "dioses" propiamente dichos. Entre otros motivos, porque la sola idea de tener que adorar a ocho millones de dioses, habría bastado para hacer que salieran ateos hasta de debajo de las piedras.

Y entonces, los Estados Unidos dejaron de existir.

El país que imprimía en todos sus billetes la cita "Confiamos en Dios", se había ido para no volver nunca.

Hasta el momento de la catástrofe, todas las demás naciones SABÍAN que los EEUU eran el país más poderoso e influyente del mundo. Lo que ellos decían, iba a misa.

Y al parecer, esto último se llevó hasta sus últimas consecuencias.

Desaparecido el país, desaparecido su dinero. Ya no había dólares. Por tanto, una cita como "Confiamos en Dios" asociada al elemento más indispensable de la nación más poderosa de la Tierra, en la que confluían todas y cada una de las grandes religiones y que de pronto había desaparecido, acababa de perder todo su significado.

Los dioses monopolistas fueron olvidados.

Pero los humanos siempre necesitamos creer en algo. No sabemos vivir sin dioses. Quizá por ese motivo, un buen día, en la cumbre del Everest, como si de un Olimpo renacido se tratara, apareció un palacio. No hacía falta ser muy listo para saber qué clase de seres vivían en su interior, razón por la que algunos sospecharon que esos nuevos dioses habían sido los causantes de la catástrofe. Nada más lejos de la realidad, por supuesto.

¿Y qué había ahora en el interior del palacio?

Un cartero.

Llevaba un reactor atado a la espalda y estaba cruzando el vestíbulo principal aproximadamente a Mach 2.

Ah si, y tenía dos cabezas.

Entró en la gran sala central del palacio. Ya le había cogido el tranquillo al trasto, y sabía que debía pararlo cinco segundos antes de entrar en la sala, o atravesaría la pared del fondo. Le ocurrió la primera vez... ¿ya habían pasado diez años? Bueno, tenía algo más importante que hacer que ponerse nostálgico.

Se arrodilló ante el trono de la bellísima Diosa Madre.

- ¡Oh, poderosa Amazona! -exclamó su cabeza izquierda en tono solemne.
- ¿Es necesario montar este numerito siempre? Empiezo a estar harto... -se quejó su cabeza derecha.

Para diferenciarlas mejor, había decidido poner nombres a sus cabezas: la izquierda se llamaba Lif, y la derecha Rit. De todos modos, tenían personalidades bastante diferenciadas. Y el propio cartero tenía su nombre.

- Adelante Emesene. ¿Qué me traes? -habló Amazona, con una voz increíble, con la que siempre parecía estar ordenando a Dioses y mortales que fueran felices, aunque no empleara esas palabras.
- ¡Oh, gran Diosa Madre! -continuó Emesene, usando la cabeza Lif- ¡Os traigo la lista de invitados al completo! ¿Quereis echarle un vistazo?

Amazona le ofreció una sonrisa que habría derretido el Cometa Halley; luego alargó el brazo para coger la lista que Emesene acababa de sacar de su bolsa de cartero. Comenzó a leer, con el ceño fruncido:

- Vienen los presidentes de todos los países del mundo... con sus ministros y sus respectivas familias... mmmm... todos los líderes militares de la Tierra... mmm... los escritores, cantantes y actores más famosos... deportistas que han batido récords mortales... mmmm... internautas, músicos, banqueros, líderes de ONGs, científicos, jefes de policía, albañiles, naturistas, ecologistas, pintores, matemáticos, informáticos, ingenieros, filósofos...

Una breve pausa. Emesene tragó saliva.

- ¡Bueno! Por un momento me habías asustado, Emesene -dijo Amazona, suspirando aliviada-. Creía que iba a venir alguien importante.


Si quieres dar tu opinión sobre lo que acabas de leer, entra aquí.