Prólogo de los Diablos

Todos nos hemos hecho alguna vez esta pregunta o, como mínimo, una parecida.

¿Es el ser humano malo por naturaleza, por incitación o por aprendizaje?

La verdad es que eso, a los Diablos, les da igual. Saben que somos malos y que no vamos a cambiar pase lo que pase. Es lo único importante. Pero nosotros, simples seres mortales, no podemos evitar pensar algo como "¿por qué somos tan malos?", cada vez que destrozamos las plantas del vecino, le pisoteamos la cara (figurada o literalmente) a nuestros compañeros de trabajo, o nos da un ataque de risa cuando vemos a un pobre hombre partirse los huesos tras resbalar en el hielo. Y la respuesta es simple.

Somos unos cabrones.

De nada sirve negarlo. Y si hay dudas al respecto, basta con recibir algunas lecciones de historia, para darse cuenta de que no hemos dejado de tocar las narices desde que los monos bajaron de los árboles (e incluso antes, probablemente hubiera más de una batalla empleando frutas como proyectiles, ramas como catapultas y dedos como cierto símbolo universal, cuyo significado aproximado era "adivina a dónde puedes irte").

De hecho, llevamos tanto tiempo siendo malos que nos gusta. En Troya y en Egipto se destruyeron muchas vidas inúltimente (algún que otro Dios retirado estaría en desacuerdo), pero la villanía que se destiló en esos lugares fue fácilmente superada cuando los romanos empezaron a masacrar cristianos, los cuales luego volvieron a subir el listón con eso de las cruzadas. Y los moros tampoco se quedaron en balde, pero un alemán con bigote amante de las cruces retorcidas, rizó el rizo. De todos modos, no tuvo nada que hacer con la llegada de esa nueva rama de la especie humana conocida como "americanos".

Así, podemos establecer un orden lógico en el que diferentes pueblos han ido pasándose la pelota del mal: los egipcios a los griegos, los griegos a los romanos, los romanos a los moros, los moros a los cristianos, los cristianos a los nazis, los nazis a los americanos y los americanos a los Diablos.

Nadie se sorprendió.

El origen de estos últimos es incierto (no así el de los americanos que, por desgracia, sabemos demasiado bien de dónde salieron). Parecían representar las cosas malas (o como mínimo cuestionables) de la sociedad, pero existía un gran fallo: ¿por qué no había un Diablo o Diablesa de la guerra?

La explicación se basa en un ejercicio de puro sentido común: a los Diablos les interesa tener fieles. La guerra mata a los fieles. Ergo, la guerra no interesa, y se convierte automáticamente en un invento 100% humano, sin intervención alguna de seres inmortales.

Efectivamente, de ahí viene lo de que somos unos cabrones.

La verdad es que no se puede decir que los Diablos sean realmente "malos", de la misma forma que los Dioses no son todo virtudes y los Superhéroes... bueno, son humanos. Lo que a los Diablos les gusta son los negocios, y de eso saben mucho. Sin ir más lejos, el líder representa al dinero. No es de extrañar, pues, que decidieran establecer su hogar en la paradisíaca Hawaii, en una mansión que derrochaba lujo por los cuatro costados (por dentro y por fuera), cerca de la zona volcánica.

En una habitación del tercer piso, dos Diablesas mantenían la siguiente conversación:

- Me aburro -dijo Ediyax, con su habitual traje de bruja.
- Cuidado, eso puede ser cáncer -murmuró Acifelam, vestida con lo que una vez, en el pasado, fue un hermoso vestido de gala. Ahora estaba roto y descolorido.
- No importa, he mentido. Pensaba en lo de esta noche...
- Seguro que ocurre una catástrofe. Morirán todos...
- Acifelam, a veces me das grima.
- ¿En serio?
- No.

Ediyax y Acifelam mataban las horas. Se presentó un demonio más en la estancia, llevando un elegante traje con corbata. Donde debía estar su corazón, sólo había un agujero.

- ¡Propicios días, compañeras! -exclamó- Espero que esteis animadas, pues la causa os necesita para esta noche. ¡Contamos con vosotras para garantizar nuestra seguridad!
- ¿Seguridad? Iranitev, ¿he de recordarte la especialidad de Acifelam? -preguntó Ediyax.
- Son tiempos difíciles... ¡pero juntos lo superaremos! ¡Y llevaremos al mundo a una nueva edad dorada! Ah y no os preocupeis por los daños colaterales...
- Sí, ya los pagará el jefe... -comentó Ediyax. Los otros dos se rieron, porque esa mentira era demasiado exagerada incluso para ella.

Alguien como Iranitev sólo podía ser dos cosas: un humano que hubiera aprendido a vivir sin corazón, o el Diablo de la Política. Curiosamente, no era el líder.

Los tres continuaron hablando un rato. De sus cosas. Nada importante.

Es decir, nada comparable a lo que estaba por llegar, y que ocurriría esa misma noche.


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