Prólogo de los Superhéroes

Hace bastante tiempo, Nietzsche definió su concepto del Superhombre de la siguiente forma: un ser superior al hombre normal, más fuerte, más inteligente, más sano, más noble y más alegre. Luego vino gente que le añadió la capacidad de volar y los rayos láser, porque así molaba más y se podía ganar una pasta vendiendo comics, merchandising y haciendo películas con muchos efectos especiales, de esas que hacen que el gremio de palomiteros sea cada año un poco más rico. Pero eso, como suele decirse, es otra historia.

En realidad, los Superhéroes han estado durante siglos en este mundo. Siempre participando en grandes acontecimientos de la historia, y siempre borrados de la memoria colectiva por los Dioses monopolistas, que preferían que la humanidad creyera en ángeles salvadores, espíritus protectores y todo eso. Cuando esos Dioses se fueron y apareció la nueva generación, los tres mil ciento doce Superhéroes existentes en aquel momento habrían podido respirar aliviados, de no ser por un pequeño problema.

Por alguna cuestión que sobrepasa incluso el entendimiento de los seres inmortales (pero no el de los políticos americanos, faltaría más), tres mil ciento ocho de esos Superhéroes se encontraban en el país que acababa de ser borrado del mapa, y substituido por el mar que ahora conectaba el océano Pacífico con el Atlántico (bautizado como Mar de la Justicia Infinita por un tal Michael Moore, que por fortuna para él se encontraba fuera del país cuando ocurrió el desastre).

Aplicando una sencilla resta, nos quedan cuatro de estos seres en todo el mundo.

Tan sólo cuatro superhéroes para defender a la humanidad.

Y cuando ocurrió la catástrofe, eran demasiado jóvenes para asumir tal responsabilidad. Sin embargo, diez años después, están más que listos para asumir su lugar en el mundo. Sobretodo desde que Dioses y Diablos llegaran al acuerdo de no impedir ningún tipo de actividad superheróica en la Tierra. Porque total... ¿quién podía venir a molestarnos? ¿Extraterrestres? ¿Qué posibilidades tenía un reducido grupo de humanos con poderes, de vencer a una flota alienígena sedienta de sangre y armada hasta las antenas? La gente sabe bien en quién confiar.

Además, son mortales. Si cometen un error fatal, no hay una segunda oportunidad. Se mueren y ya no vuelven nunca. La vida no es como en los videojuegos (en algunos casos, por fortuna. Menuda se armaría si, de repente, los champiñones hicieran crecer a la gente hasta el doble de su tamaño). Pero quizá por eso suelen simpatizar con la gente. Porque realmente, son como ellos. Humanos.

Para lo bueno y para lo malo.

Algo increíblemente veloz estaba cruzando la sabana africana, con el Monte Kilimanjaro como telón de fondo. Había comenzado a correr en Sudáfrica, y no parecía tener ningún interés en detenerse hasta, por lo menos, El Cairo. Además, acababa de darse cuenta de que aún no había intentado correr sobre el mar, así que... ¿por qué pararse en las costas del Mediterráneo? Siempre había querido visitar Grecia...

El suelo tembló repentinamente bajo sus pies. Tuvo que pegar un buen frenazo.

- ¡¿Pero qué coño...?! -exclamó el hombre. Era calvo, de piel oscura y edad cercana a los treinta. Tenía una musculatura excepcional. Vestía un chaleco de piel muy ligero y pantalones cortos de tela.

De pronto comprendió lo que ocurría.

- ¡Eiko! ¡Para esto! ¡No tiene gracia! -gritó mirando en todas las direcciones.

Una chica japonesa, vistiendo un traje de noche oriental de color rojo y con el pelo teñido de rosa, salió de detrás de un árbol desternillándose de risa.

- Eiko... ¿se puede saber cómo has llegado hasta aquí?
- Ha sido fácil, Rashid -contestó ella-. Ya sabes que puedo controlar la tierra.
- ¿Y qué?
- He ido por debajo.
- ¿Ein?
- Bueno, no "he ido" exactamente -aclaró Eiko-. Más bien, la tierra me ha llevado.
- Aaah... -Rashid no entendía nada. Quizá lo mejor fuera seguirle la corriente.
- Hoy se reúne un montón de gente importante con los Dioses.
- Lo sé, no hay periódico o televisión que no lo diga.
- Me parece una vergüenza que no nos hayan invitado a nosotros -se quejó Eiko.
- Puede que piensen que, al tener poderes, podríamos deslucir sus capacidades. A pesar de que son infinitamente más poderosos que nosotros, por supuesto. Además Eiko, para qué negarlo, damos bastante pena. Ni siquiera tenemos un nombre para nuestro grupo...

Eiko sacó algo de un bolsillo interior del vestido.

- Le he propuesto esto a Helen y a Óscar, y les gusta. ¿Tú qué opinas?

Rashid le echó un vistazo al papel que Eiko había sacado y desdoblado. Había un logotipo junto a un nombre, y debajo una breve explicación.

- ¡Es genial! -exclamó Rashid- Caray, ¿cómo no se me ha ocurrido a mí? ¡Si era evidente!
- Lo mismo me han dicho ellos, tranquilo -dijo Eiko-. Oye... ¿echamos una carrera hasta las pirámides?
- Vale... -Rashid se guardó el papel- ¡pero no quiero lloriqueos cuando pierdas!
- ¡Habla por tí! ¡Vamos allá!

Eiko desapareció bajo tierra. Rashid salió disparado como una bala.

Y por encima de ellos, en el cielo, Helen y Óscar flirteaban entre las nubes.

Estos jóvenes...


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