Episodio I
Un Lugar en el Mundo

Versión Divina


Había una vez un palacio en lo alto de una montaña.

Eso no tiene nada de especial. De hecho, casi podría decirse que sobran malditos palacios en lo alto de malditas montañas, en miles de malditas historias en las que un maldito poder oscuro se cierne sobre el mundo libre, que puede estar maldito o no, según decida su autor.

Pero si nos fijamos bien, veremos que hay un dato interesante a tener en cuenta: el tamaño.

La montaña se llama Everest. Sus 8848 metros de altura la convierten en la más alta de la Tierra, un hecho bastante impresionante de por sí, a menos que lo comparemos con el Monte Olimpo de Marte, que mide veinticuatro kilómetros. En realidad, ambos enrojecerían de vergüenza ante el Gran Korkorakán, la mayor montaña del universo. Es tan grande que sus habitantes aún están buscando el planeta.

Volviendo al tema que nos ocupa, lo cierto es que el Everest ya no mide 8848 metros. Ahora alcanza con facilidad los nueve kilómetros, debido a que en su cúspide hay un enorme palacio.

Es el hogar de los Dioses modernos. Una gigantesca fortaleza inexpugnable, donde sólo entran aquellos mortales que cuentan con el permiso divino de Amazona, la Diosa Madre (la temperatura y la presión no son problemas. A fin de cuentas, las leyes de la naturaleza no fueron inventadas para unos seres así). El palacio fue bautizado como El Servidor, porque para eso estaban los Dioses, para servir a los humanos. En teoría.

- Bueno, está bastante claro, creo -anunció Darkoria tras parpadear, lo cual ya era en si mismo un espectáculo.

Todos los demás dioses, excepto Phedospe y Gogul, se hallaban a su alrededor en la sala del trono. Darkoria se había acostumbrado a que la mirasen de aquella forma, aunque no precisamente por su cara bonita.

Más bien por lo que había sobre su cara bonita.

- Bien Darkoria, cuéntanos -le pidió Amazona. Aunque "pedir" era un verbo que no podía aplicarse a la Diosa Madre. Esto no quiere decir que diera órdenes como una líder militar sin ningún respeto por la dignidad de los soldados, de ningún modo. Es difícil de explicar, pero había algo en su tono de voz que, de algún modo, hacía que incluso una petición tan insulsa como "¿me pasas la sal?", se escuchara en el subconsciente como "pásame la sal y convertiré tu miserable vida en un universo de felicidad"-. ¿De qué hablan los humanos?
- Me temo que de nada bueno, mi señora -contestó Darkoria-. Por otra parte, no me extraña.
- Ni a mi -intervino Iahu, Dios de los veteranos, apoyado en su bastón-. Si quereis mi opinión, aunque ya imagino que no es así, creo que deberíamos haberlo planificado con más tiempo.

Iahu parecía tan viejo que, cuando visitaba asilos y reuniones de veteranos de guerra, parecía el abuelo de todos los presentes. El caso es que muchos tenían más arrugas que él pero, claro, Iahu era un Dios. Le encantaba contar viejas batallas, aunque nunca hubiera estado en ellas. Era tratado con gran respeto, a pesar de ser un cascarrabias y de vestir siempre un pijama de lana de color rojo, de los antiguos (más incluso que él, sospechaban algunos), con gorro incluído.

Por no mencionar su larguísima barba blanca, que se movía con vida propia como una serpiente.

Darkoria continuó buscando canales. Sus gafas podían sintonizar cualquier cadena de televisión del mundo, pues por algo ella era la Diosa del cine y la televisión.

- Los Diablos son impredecibles, Iahu -murmuró Ibei.
- Sí, me recuerdan a alguien... -contestó Iahu, en tono despectivo.
- ¿Qué intentas decir?
- Bueno, yo no soy el que va vestido como si fuera un billete con piernas...

"Ya estamos", pensó Darkoria. La rivalidad entre esos dos era constante. Iahu no se fiaba un pelo de Ibei, porque era el Dios del comercio y en su camisa llevaba repetido montones de veces el símbolo del dólar. Para Iahu, eso era una señal inequívoca de que, en algún momento, Ibei les traicionaría y se uniría a los Diablos.

- Por última vez -dijo Ibei en tono cansino-, ¡yo no soy como Noruas! ¡Yo defiendo el uso inteligente del dinero como un bien para la humanidad! ¡Grábatelo en ese cerebro oxidado tuyo!
- ¿Estás buscando pelea, jovencito? -Iahu blandió su bastón- ¡Porque lo creas o no, puedo darte tu merecido!
- Basta.

Y la pelea terminó. La voz de Amazona. Punto y final.

- Drimera -añadió-, ve y averigua qué opinan aquellos que te adoran.
- Como desees... -contestó Drimera, con una reverencia.

Cabe destacar el hecho de que dijera "desees" en lugar del más adecuado plural mayestático "deseéis". El motivo es que Drimera había llegado a este mundo como la Diosa de los frikis, y le costaba mucho hablar sin emplear citas de libros, películas, comics o incluso videojuegos. Una frase de La Princesa Prometida parecía bastante adecuada, siendo Amazona la Diosa del amor y los deseos, además de su líder. Amazona lo entendió, y por ese motivo la dejó marchar sin regañarla.

Drimera y Darkoria eran hermanas. Ambas lucían un bonito pelo rubio, pero la primera lo llevaba largo y la segunda bastante corto. Darkoria vestía, además de las gafas con las que veía la televisión mundial, un curioso traje negro que recordaba a un fragmento de cinta de película. No obstante, a pesar del llamativo diseño de su vestimenta, ella casi podría pasar por humana. Quizá en alguna discoteca, de noche. Aunque prefería las salas de cine, por supuesto.

Su hermana, en cambio, vestía de tal forma que sería capaz de llamar la atención incluso en la fiesta de disfraces de un batallón de zombis mutantes. Drimera tenía la apariencia de los sueños frikis más poderosos del mundo, combinados: los pantalones y las botas de Wonder Woman, la marca en el ojo de la Muerte de Neil Gaiman, una camiseta blanca con el símbolo de los Cuatro Fantásticos, una capa élfica con su correspondiente broche en forma de hoja, orejas de chica-gata típicas del manga y el anime... y claro, la espada en su cintura.

Por si fuera poco, Drimera sufría cierta inestabilidad mental. Era mejor no provocarla.

- ¿He de comunicar algo a los humanos, oh poderosa Amazona? -intervino Emesene. Era su cabeza Lif.
- Sí, por supuesto -contestó ella-. Merecen una disculpa.
- ¡Ja! -bufó Iahu- ¡Somos Dioses, no hemos de rendir cuentas ante nadie!
- Aunque me duele reconocerlo, estoy de acuerdo con Iahu -dijo Ibei-. En todo caso, son los Diablos quienes deberían reconocer su error, y todos sabemos que no van a hacerlo.
- Tú más que nadie, ¿no?
- ¡Peleas como una vaca! -gritó Drimera, que ya se alejaba en dirección a sus aposentos.
- Oh, por favor, no empeceis otra vez -se quejó Darkoria.
- ¡Luchas como un granjero! -continuó su hermana, a más distancia.

"Suerte que se va. Cuando empieza con los insultos de Monkey Island, no hay forma de hacerla callar", pensó Darkoria, estremeciéndose al recordarlo.

- Es nuestra función, hijos míos. Nuestro lugar en el mundo -continuó Amazona, solemne-. Estamos aquí para solucionar problemas.
- Los Diablos también, según ellos -comentó Emesene con la voz de Rit-. Y también esos... je, esos mortales "superiores", entre comillas.
- No les subestimes, Emesene.
- ¿Por qué no, mi señora? -preguntó Darkoria-. Son mortales. No pueden medirse con nosotros...
- Es cierto. Pero no olvides que es la humanidad quien elige a sus protectores.

Amazona llevaba razón. Si los humanos pierden la fe en un Dios, este a la larga puede llegar a desaparecer. Pero si dejas de creer en un superhéroe, lo máximo que puede ocurrir es que decida jubilarse.

En cuanto a los Diablos... bueno, de hallarse en esa situación, posiblemente hallarían un modo de prolongar su existencia. De forma absolutamente ilegal, por supuesto. No había más que recordar el espectáculo que montaron la noche anterior, en la gran Cumbre (y nunca mejor dicho) planetaria que organizaron los Dioses en su palacio del Monte Everest. Miles de representantes habían acudido al hogar de Amazona y sus hijos, para dar voz a los pensamientos de la humanidad. Y ya que estaban ahí, por supuesto, los Dioses no podían permitirse dejar escapar esa oportunidad de promocionarse. La competencia es dura y ellos lo saben.

Los Diablos consideraron que aquello era jugar sucio, por lo que decidieron irrumpir en la Cumbre para presentar una propuesta alternativa. Por supuesto, se armó un gran escándalo cuando llegaron.

- Por cierto, ¿dónde están Phedospe y Gogul? Ayer tampoco les vi -dijo Darkoria.
- Phedospe rara vez pasa por aquí -contestó la cabeza Lif de Emesene.
- Sí, es lo que tiene ser el Dios del sexo y las juergas -añadió Rit-. Le proporciona la excusa perfecta para pasar el tiempo que quiera entre los mortales.
- En cuanto a Gogul, no ha salido de sus aposentos desde esta mañana -informó Amazona-. Se toma muy en serio su posición. Deberíais tomar ejemplo -añadió sonriendo. Era la clase de sonrisa que le dedicarías a un cadáver, justo después de soltarle "alégrame el día" y pegarle un tiro.

No en vano, Gogul era la Diosa de internet y la sabiduría. La red de redes era un medio fácil y rápido de obtener información y opiniones de los mortales, y eso era lo que Gogul estaba buscando y recopilando. Y considerando la velocidad a la que se propagan los rumores en internet, decidió que era mejor ponerse a buscar antes, durante y después (porque aún hay rumores que se arrastran a 56k) de la Cumbre.

- En cualquier caso -continuó Amazona-, debemos tomar una decisión.
- ¿Eh? Quiero decir... ¿a qué os referís, oh gran Diosa Madre? -se corrigió Emesene. Había hablado Lif.

Amazona alzó la vista. El techo de la sala del trono estaba situado a una gran altura, y culminaba en una enorme cúpula de veinte metros de diámetro. Sobre ella se hallaba la habitación personal de la Diosa Madre, del amor y de los deseos; un lugar al que sólo ella era capaz de acceder. La nueva cumbre del Everest. Nadie sabía qué podía ocultar en su interior, y eso era fuente de intensos debates entre Dioses, Diablos y humanos. Actualmente, las apuestas estaban tres a uno a que en la habitación de la Diosa Madre, a salvo de miradas indiscretas o mentes no lo suficientemente evolucionadas, se hallaba el secreto de la felicidad eterna.

Absolutamente cierto. A fin de cuentas, Amazona vivía ahí.

- El mundo no es como antaño -continuó hablando, sin apartar la vista del techo, posiblemente para intentar dar más trascendencia a sus palabras-. Dioses, Diablos y Superhéroes pueblan ahora la Tierra. Pero los mortales son simples y asustadizos. Antes o después... -pausa dramática. Shakespeare se mordería el puño de envidia si la viera- ... decidirán que es mejor que sólo un grupo de seres les proteja.
- ¿Y que podemos hacer, mi señora? -se interesó Ibei.

Amazona comenzó a explicar su idea.


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Versión Superheróica

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