Episodio I
Un Lugar en el Mundo

Versión Diabólica


Venga, todos a coro.

El Diablo es el mal encarnado. El Diablo os tienta. El Diablo quiere vuestra alma.

No, no y no.

A ver, en primer lugar, ¿a qué Diablo en concreto os estais refiriendo? Ahora mismo hay seis y, para vuestra información, les irrita bastante que alguien diga "vete al diablo", porque no especificais ni decís ningún nombre. Y ellos también tienen su orgullo. De todos modos, simplificando, se puede dar por hecho que os refirais al líder. En ese caso, la respuesta sigue siendo un rotundo no.

Él no es el mal encarnado. Vive muy feliz en su mansión de Hawaii, no molesta a los vecinos, no causa dolor ni desgracia (al menos no de forma directa) y no le ha declarado la guerra a nada ni a nadie.

Tampoco "tienta" realmente la gente. Se trata de un error de concepto muy habitual en los humanos: el Diablo no tienta. Son las personas las que actúan de forma totalmente irresponsable, y luego le cargan el muerto a un señor rojo con cuernos. Que no es el caso. No es rojo.

Y por supuesto, no quiere vuestra alma. No la necesita para nada.

Lo que Noruas quiere, realmente, es vuestro dinero.

Los seis Diablos se hallaban reunidos en la Sala Hexagonal (uno de los muchos caprichos de Noruas. Por supuesto, nadie se atrevía nunca a preguntar si aquello había salido de su bolsillo), el lugar donde se tomaban todas las decisiones. Aunque Noruas tenía siempre la última palabra, claro. Y si la última palabra era "moroso" y hacía referencia a uno mismo, más valía poner un par de universos de por medio.

- Bien, damas y caballeros -el líder de los Diablos miró a sus súbditos-. Hay cosas de las que hablar.
- Nos va a despedir. Iré haciendo las maletas...
- Acifelam, siéntate -le ordenó Noruas-. Esto es serio.

Ella asintió, pero continuó murmurando palabras de angustia y derrota, en voz baja. Acifelam no era lo que podría llamarse precisamente la alegría de la huerta. Era la Diablesa de mal rollo.

- Repasemos los hechos -continuó Noruas, haciendo repiquetear los dedos de una mano sobre los nudillos de la otra. Le encantaba hacer eso-. Iranitev, haznos un resumen.
- Por supuesto, señor -contestó el diablo mencionado, mostrando una deslumbrante sonrisa-. Señoras, señores... -se arregló la corbata y carraspeó de forma milimétricamente calculada. Todos le miraron como si fuera el presidente de la galaxia- ... ayer tuvimos un sueño. Y en ese sueño, la humanidad comprendía con claridad cristalina en quién debía confiar. Más allá de prejuicios, más allá de...
- Iranitev, corta el rollo -le interrumpió Noruas-. Te he pedido un resumen, no un discurso de Fidel Castro.
- Sí señor, lo siento...

Probablemente no existiera otro ser capaz de avergonzarse de una forma tan carismática como la de Iranitev. A muchos les chocaba que el Diablo de la política no fuera el líder del grupo, y más teniendo en cuenta quién ostentaba ese cargo. Noruas no sólo no tenía carisma, sino que ni siquiera tenía buen gusto para vestir. Se dice que la persona que le diseñó la ropa, algo así como un sueño alucinógeno en negativo de una estrella de la música disco en los años 70, se suicidó tras ver el resultado.

¿Entonces? ¿Por qué Noruas era el líder?

Por dos razones. La primera, porque era el Diablo del dinero. Y ya se sabe que quien paga... quiero decir... ya se sabe que tiene el poder, manda. Y el dinero es poder. La segunda razón era que lo que Noruas no tenía de carisma, le sobraba de inteligencia. Sabía perfectamente que no debía fiarse de los políticos, y sólo tuvo que convencer a los demás con una serie de palabras bien estudiadas, para convertirse en el jefe absoluto.

Por cierto, ya que se ha mencionado: Fidel Castro instauró la democracia en Cuba tras la destrucción absoluta de los Estados Unidos. No iba a dejar que los americanos tuvieran esa satisfacción, hombre...

- Tromedlov, encárgate tú -dijo-. Y ve al grano.
- Como usted diga, oh estúpido señor -contestó Tromedlov sonriendo.

No, no es un error. Dijo "oh estúpido señor". Y nadie se extrañó por ello, pues las palabras las había pronunciado el Diablo de la intolerancia. No había frase alguna que Tromedlov pronunciara sin incluir alguna muestra de mala educación. Se tomaba su trabajo muy en serio.

- Los putos Dioses lameculos del jodidamente alto monte Everest, celebraron ayer una ridícula celebración pijotera a la que asistieron, por desgracia, montones de patéticos humanos asustadizos y sorbemocos, que el fuego eterno les consuma en vida, para dar su infecta e innecesaria opinión sobre diversos tem...
- ¿Puedes ir directo a la parte interesante? -interrumpió nuevamente Noruas, en tono cansino.
- Claro, oh mamarracho -contestó Tromedlov, sin perder la sonrisa. Aprovechó para dedicarles a todos un espectacular corte de mangas-. Nuestro plan de mierda era entrar en su grotesco palacio haciendo el gilipolllas, para mostrar a esos inmundos montones de carne viva nuestro absurdo proyecto. Los muy necios no quisieron escucharnos. Luego, los Dioses lobotomizados y su puñetera madre nos echaron a patadas.
- Creo que debía haberos acompañado -murmuró Noruas, con el ceño fruncido-. Me perdí algo bastante divertido. Gracias Tromedlov.
- De nada, oh idiota.
- ¿Quizás les asusté? -preguntó Anagrom.
- Claro que no, guapa... -contestó Ediyax.

Repasemos las dos últimas líneas. La primera había sido pronunciada por la Diablesa de la contaminación. Nunca nadie ha podido ver el verdadero aspecto de Anagrom. Su cuerpo entero está cubierto, de arriba a abajo, por montones de desperdicios de vertedero, desde orgánicos a electrónicos, pasando por algún que otro juguete o incluso ropa vieja. La única pista sobre cómo podría ser realmente Anagrom está en su cabeza: le asoman algunos cabellos rubios y, contra lo que uno podría pensar, luce una dentadura perfecta. Por supuesto, es una suerte que los Diablos puedan ignorar cualquier sentido, incluyendo el olfato, cuando es necesario.

La segunda línea la había dicho Ediyax, aunque ella lo negaría. Era la Diablesa de la mentira. Llevaba un vestido de bruja y tenía la nariz muy alargada. Ediyax disfrutaba de una visión muy particular del universo: creía que toda la creación era una única, inmensa y gloriosa mentira. Al igual que Tromedlov era incapaz de hablar sin faltarle el respeto a algo o a alguien, Ediyax no podía decir nunca la verdad, hasta el punto de que negaba incluso sus propias mentiras (algo así como una mentira al cuadrado). De hecho, ella mentía tanto y tan bien, que no resultaba díficil en absoluto hablar con ella: bastaba con entender justo lo contrario de lo que decía.

- Ediyax, no te pases -dijo Noruas-. Y sobretodo, no olvides cuál es el lugar en el mundo de cada uno de nosotros. Sólo Acifelam tiene mi permiso para crear mal rollo en las reuniones.
- No lo siento en absoluto -contestó Ediyax.
- Ah... oh, gracias -Anagrom sonrió. Hasta los Diablos tienen su corazoncito, aunque en este caso esté oculto bajo una impenetrable capa de desperdicios.
- Bien. Chicos, ya veis cómo están las cosas -continuó Noruas-. No podemos dejar que los Dioses sigan triunfando de una forma tan escandalosa. Y además están esos pobres Superhéroes que, de alguna inexplicable manera, cada día son más y más populares.
- ¿Y qué sugiere, oh apestoso saco de estiércol? -preguntó Tromedlov.
- Sugiero... dar el siguiente paso lógico -Noruas miró a Iranitev-. Y ahí es donde entras tú.
- ¿Yo? -Iranitev fingió sorpresa. En realidad, ya sabía bien por dónde iban los tiros-. Vaya, señor, ¿y cuál será mi cometido? Todo sea por nuestra causa, no hace falta decirlo...

Noruas comenzó a explicar su idea.


Versión Divina
Versión Superheróica

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