Episodio
II
Cuestión de Fe
Versión Divina
Y ahora, sexo.
Una máxima repetida hasta la saciedad por la sociedad (valga la redundancia) es que "el tamaño no importa". Es una afirmación bien cierta en la mayoría de los casos, pues en el sexo suele contar más el seso (valga otra vez) que otra cosa. Aunque es bien cierto que existen ciertos apellidos famosos de la historia como Sifredi, Vidal o Holmes que, digámoslo suavemente, se salen de la escala. Grandes apellidos, muy grandes...
Pero todos ellos eran mortales.
El hombre pelirrojo y delgado que se paseaba desnudo por su casa de campo, en cambio, era un Dios.
Algunos habían llegado a afirmar que, tan solo caminando con las piernas ligeramente inclinadas, Phedospe jamás necesitaría barrer el suelo.
No vivía solo, pero su compañía era bastante variable. Y numerosa. Y femenina. Y masculina, por supuesto.
- ¿Sida? ¿De qué cojones habla? ¿Usted sabe con quién está hablando?
Sí, ese era Phedospe. Estaba hablando por teléfono.
- ¿Que le da igual que sea un Dios? -continuó- Mire señora, a mi también me da igual si es usted la reina de Saba, o una anciana loca que no ha visto un miembro masculino desde hace cuarenta años, que por otra parte intuyo que es el caso. ¿Qué...? ¡Qué coño me importan sus valores morales! ¡Soy el Dios del sexo y las juergas! ¿No comprende que estoy aquí por culpa del orden natural de las cosas? Ande señora, sea buena y adóreme un poquito, y quizá le encuentre a un hombre desesperado para antes de fin de año. Que usted lo pase bien...
Phedospe colgó el aparato. El teléfono, se entiende. Una joven morena, de unos veinte años, entró por un pasillo. También iba desnuda, aunque ella era una mortal.
- ¿Quién
era, cariño? -preguntó.
- La presidenta del Foro de los Valores Morales de este mes -Phedospe sonrió
satisfecho-. Ya he hablado con catorce, y todas acaban desmelenándose,
comprándose el Kamasutra y mandando a tomar por culo el Foro. No se puede
negar que son insistentes...
- Es que tienes un encanto irresistible, cariño... -la chica se le acercó.
- Te he dicho que no me llames así -le corrigió-. Si toda la gente
de esta casa empieza a llamarme "cariño", seguro que empezarán
los malos rollos. Deja el amor para mi jefa, ¿vale?
Phedospe acompañó a la chica hacia una gran puerta doble, situada en lo que parecía el recibidor de la casa. No era una mansión tan enorme y hortera como la de Noruas, pero se notaba que a Phedospe le gustaba vivir bien. Y sobretodo con mucho espacio. ¿Cómo si no podría dar cobijo a tanta gente?
- Anda, entra aquí y diviértete un poco.
Phedospe abrió las puertas. Al otro lado estaba teniendo lugar una escena que haría que Sodoma y Gomorra parecieran la Antártida en comparación. Hacía decenas de hombres y mujeres de todas las edades, adorando al Dios del sexo y de las juergas como a él le gustaba: predicando con el ejemplo.
La actividad de la sala se dividía en dos grupos: los que bailaban con los grandes éxitos de los Bee Gees que sonaban en el hilo musical, y los que preferían no bailar. Al menos, no de pie.
- Vaya chicos,
hoy os veo un poco más relajados que de costumbre... -todos miraron con
alegría a Phedospe, mientras la chica morena entraba en la sala- ¡Vamos,
animaos, que papi ha llegado!
- Me temo que "papi" no va a entrar ahí.
Phedospe se giró. Detrás suyo había una mujer... bueno, tenía que ser una mujer. Tenía todas las partes del cuerpo necesarias para ser considerada una mujer. El problema es que también le sobraban algunas.
- ¿Gogul?
¡Joder, se hace raro verte fuera de tu habitación! -exclamó
Phedospe en tono jovial, aunque también sorprendido- ¿Qué
haces aquí, ojazos?
- Me envía Amazona -respondió ella, en un tono que indicaba cierto
nivel de enfado. Y no precisamente por lo de "ojazos"-. Dice que debo
descansar y salir un poco de vez en cuando... ¡no entiendo a qué
juega! ¿Es que acaso le parezco una simple mortal?
- Mmm... no creo que conozca a muchos mortales con tres ojos, ocho dedos en
las manos y una nube en lugar de pies. Así que supongo que la respuesta
es no.
Gogul era la Diosa de internet y la sabiduría. Dos conceptos que, cada vez más, estaban firmemente enlazados. A menos que se visitaran ciertas páginas sobre temas que hasta a los Diablos les daban arcadas. No se podía subestimar a la retorcida mente humana, ni lo que ésta estaba dispuesta a clasificar como "sabiduría". Quizá por ese motivo, a Gogul, que tenía el pelo corto, castaño y rizado, le sobraban unos cuantos kilos; pese a lo que pueda parecer, la estupidez pesa. Incluso la electrónica.
Pero podría haber sido peor. Podría haber llegado al mundo cuando los americanos aún existían. Un prestigioso teólogo publicó un estudio un par de años antes, en el que se afirmaba que, en tal caso, Gogul habría engordado tanto que no cabría ni en la plaza de Tiananmen.
Al menos iba vestida con una bata de científica. Era mucho más de lo que podía decirse de Phedospe. Para él, el concepto de llevar ropa encima se limitaba, en ocasiones muy especiales, a vestir una camisa blanca abierta. El piercing de su ceja derecha y el gran tatuaje de su pecho con los símbolos del hombre y la mujer enlazados eran, a su entender, más que suficiente.
- En fin Gogul
-continuó Phedospe-. ¿Por qué Amazona te ha enviado aquí?
- Ella ha tenido una idea y nos la quiere comentar a todos.
- ¿Qué has dicho? ¿"Comentar"? ¿Desde
cuándo le ha importado lo más mínimo nuestra opinión?
Joder, debe ser algo realmente importante.
- Sí, bueno, dijo que el que funcione su idea o no, será una cuestión
de fe por parte nuestra. Al parecer hay...
Gogul no se movía.
- ¿Ojazos? ¿Gogul? ¿Te encuentras bien?
Continuó inmóvil. Un hombre de treinta años abandonó la sala en ese momento y contempló la escena.
- ¿Qué
ocurre, amor? -preguntó.
- Os tengo dicho que no... -Phedospe se dio cuenta de lo que ocurría-
Oh, claro...
Se acercó a Gogul y le quitó sus gafas de tres cristales. Tenía los ojos blancos.
- ¿Es
grave? Quiero decir... para ser una Diosa y tal... -se interesó el hombre.
- En absoluto. Le pasa cada cierto tiempo -luego miró al hombre-. Oye,
hazme un favor: entra en la sala y diles que me voy un rato al Servidor, pero
que volveré lo antes posible.
Phedospe no parecía muy fuerte, pero al ser un Dios pudo cargar con Gogul sin problemas.
- Puedo... ¿puedo
saber qué le ocurre?
- Mmmm... digamos que ser la Diosa de internet tiene sus pros y sus contras
-contestó Phedospe, negando con la cabeza-. Se ha vuelto a colgar...
PRÓXIMO EPISODIO: LA HORA DE LA VERDAD
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