Episodio
II
Cuestión de Fe
Versión Diabólica
Y Dios dijo "hágase la luz", y la luz se hizo.
Y el Diablo dijo "¿quién cojones te crees que eres por encender un foco, so listo?".
No hubo respuesta.
La verdad es que las cosas no han cambiado mucho desde entonces. Los Diablos lo cuestionan todo por naturaleza, pues saben que si se le da suficientes vueltas a un concepto, se puede eng... convencer a todo un planeta de que el tipo de los cuernos es malo.
Pero esta historia no va de buenos y malos, sino de rápidos y lentos. El premio es para el más rápido; no hay medalla de plata. Tanto Dioses, como Superhéroes o (por supuesto) Diablos, han demostrado en algún momento (mejor léase en plural) de su historia que, con tal de permanecer más tiempo en lo alto del ránking de popularidad, todos estarían dispuestos a hacer cualquier cosa.
Veamos una demostración.
- ¡Mirad,
ya viene! -exclamó Noruas ante una ventana del segundo piso- ¡Vamos,
id a recibirle!
- ¡Ipso facto, oh capullo!
Junto con Tromedlov (¿quién más podía ser?), otros dos diablos, Iranitev y Ediyax, descendieron al primer piso para recibir al invitado. Se trataba de un ser que desprendía un aura de malignidad y unos niveles de vileza tan extremos, que sólo podía ser una cosa.
Humano.
- ¡Bienvenido,
señor Admore! -exclamó jovialmente Iranitev al abrir la puerta.
Había un hombre moreno, de pelo corto y arreglado, llevando un traje
negro con corbata roja y una maleta de cuero. Todo ello muy elegante. Parecía
el negativo perfecto de Noruas- Confío en que haya tenido un viaje placentero
y sin incidentes hasta nuestra humilde morada.
- Bueno, un río de lava volcánica ha estado a punto de pillarme
ahí atrás, pero nada importante.
El señor Admore bromeaba, claro. De forma siniestra. Exactamente como lo haría un miembro de la guardia imperial británica, si esos malditos autómatas tuvieran el menor sentido del humor.
- En fin...
Iranitev, supongo -continuó Admore-. ¿Y usted es...?
- Helena de Troya, ángel de la verdad -respondió Ediyax educadamente.
- Er... sí, encantado -Admore se acordó de lo que le habían
contado sobre Ediyax y la entendió sin demasiado esfuerzo-. Y bueno,
usted debe ser Tromedlov, claro.
- Que le folle un pez.
- Ejem... yo también me alegro -también tuvo que entrenarse para
eso, pero aún no tenía costumbre.
- Oh, vamos, no tengamos al señor Admore en la puerta -intervino Iranitev-.
Por favor, entremos...
La aparente inocencia de Admore era sólo una fachada. Él era el mejor en su trabajo, y por eso Noruas le había invitado a su mansión. La gente como Admore era temida en todo el mundo desde tiempos remotos, pero fue especialmente a partir del Siglo XX cuando la población empezó a tenerles verdadero terror. Son humanos que estudian a otros humanos. Seres capaces de imaginar las más horrendas pesadillas y perpetrarlas. A cambio de una buena suma de dinero (de cualquier desalmado dispuesto a pagar), dividen familias, traumatizan a los niños y realizan toda clase de crímenes visualmente enfermizos, torturando a sus víctimas durante horas.
- Tiene usted
mucha elegancia vistiendo, ¿sabe? -continuó Iranitev mientras
caminaban por el interior de la mansión, en una calculadísima
exhibición de peloteo- Je, parece un asesino a sueldo sacado de alguna
película. Es un halago, por supuesto, no me vaya a malinterpretar...
- No, tranquilo, le he entendido -contestó Admore-. Pero el cine no es
para mi...
- ¿No lo ha considerado? Con su currículum, usted podría
triunfar -insistió Iranitev.
- Me gusta mucho el cine, pero me especializo en otros campos. Más cercanos.
Más palpables, si usted me entiende. Y conmigo la gente se muere de gusto
-añadió Admore con una anti-sonrisa, si tal cosa existe.
Noruas le esperaba en su despacho de la planta baja. Una descripción aproximada de la estancia sería la de un huevo de pascua del revés, pintado de más colores de los que el ojo humano es capaz de percibir, fusionado con el traje de un arlequín demente, troceado y esparcido por las paredes, añadiendo destellos dorados en todos y cada uno de los lugares donde no debería haber, y con una decoración tan alucinante y recargada que habría hecho huir al cantante de un grupo de glam rock.
Sí, lo diseñó Noruas personalmente. Y le encantaba.
A pesar de ello, y aunque a la mente le cuesta imaginar algo semejante, el hombre que había entrado en su despacho junto a Iranitev era mucho, mucho más espeluznante.
- ¡Señor
Admore! Ya era hora -gruñó Noruas levantándose- ¿Cómo
le va?
- Hola, señor Noruas. Er... me va bien... pero me siento un poco mareado
-contestó Admore llevándose una mano a la frente-. Creo que es
por esta habitación...
- Sí, bueno, ya se acostumbrará -le animó Noruas-. Sentémonos,
por favor. Iranitev, déjanos solos.
- Confío en que todo saldrá como está previsto. Caballeros,
¡sé que no nos fallarán! -el Diablo de la Política
alzó ambos pulgares y desapareció tras la puerta que él
mismo cerró.
Admore se esforzaba en mantener la vista en un punto fijo. Algo tremendamente complicado, ya que daba la sensación de que el despacho crecía, menguaba y se movía en todas las direcciones a la vez.
- Bien, señor
Admore -comenzó Noruas colocando las manos sobre la mesa, una sobre la
otra. Estaba nervioso, aunque no lo aparentara-. Usted ya sabe por qué
está aquí. Su fama le precede. Es usted un gran profesional, un
artista. Una auténtica leyenda, añado. Y eso es justo lo que necesitamos.
- La verdad es que hay muchos que me odian y me temen. Y les comprendo... -Admore
suspiró.
- ¿Deja que eso le afecte?
- No, en absoluto. Disfruto mucho con mi trabajo...
Un escalofrío recorrió la espalda de Noruas, pero lo disimuló bien.
- Perfecto -dijo
finalmente-. Le informo de que deberemos movernos rápidos, ya que tenemos
sospechas de que la "competencia" está planeando algo parecido.
Sin embargo, no dudo ni por un momento que sabrá estar a la altura de
lo que le vamos a proponer.
- ¿Le he mencionado ya que no trabajo gratis?
Noruas sintió como si le hubiera caído encima un yunque. No sólo por el repentino cambio de actitud de Admore, que empezaba a darle mal rollo incluso al líder de los Diablos, sino porque había mencionado el dinero. Y ese era un tema que, por motivos obvios, prefería no sacar en ninguna conversación.
- Ejem... -Noruas
tragó saliva- No, pero no se preocupe. Su labor será ampliamente
re... reco... rec...
- ¿Recompensada? -aventuró Admore.
- ¡Sí! ¡Esa es la palabra! -exclamó Noruas- Reconsiderada.
Y ahora hablemos de...
- Perdone, ¿ha dicho reconsiderada?
- ¿He dicho yo eso? -a Noruas se le daba fatal hacerse el sorprendido-
Caramba. Bueno, usted ya sabe lo que he querido decir. Bien, continuemos con...
- Quiero un anticipo -interrumpió nuevamente Admore-. Ahora mismo.
Noruas jamás se había sentido tan mal. Era como un padre de familia al que un chantajista sin escrúpulos acabara de ordenarle que asesinara a sus propios hijos.
- Yo... esto...
-intentó decir.
- ¿Y bien? No tengo todo el día -insistió Admore. Ya no
sonreía. Su rostro estaba ahora surcado por una imponente y casi terrorífica
seriedad-. La adulación no funciona conmigo, señor Noruas. Si
tanto me necesitan aquí, creo que es un buen momento para demostrarlo.
Es una cuestión de fe, ¿sabe?
- Ah... sí, entiendo... yo... -Noruas se levantó sudando- voy...
voy a tomar el aire un momento... discúlpeme...
Abandonó su despacho con gran rapidez. Una vez fuera, cerró la puerta y se apoyó en una pared, respirando agitadamente. Había cosas para las que ni él estaba preparado.
Un pestazo insoportable y muy familiar estaba acercándose. Noruas decidió sacrificar el sentido del olfato durante unos minutos, como solía hacer cuando ella venía.
- Hola Anagrom
-la saludó.
- Hola, señor... -ella hizo lo más parecido a una reverencia que
un vertedero humanoide con patas puede lograr- ¿Ocurre algo? Le noto
algo pálido.
- Maldita sea... ¡creía que sería capaz de hacerlo! -se
quejó Noruas- Me había entrenado para ello, en serio...
- Nuestro invitado... ¿le da problemas?
- Algo parecido. Ya me conozco yo a los de su calaña. No tienen sentimientos
ni ningún respeto por la vida. Hacen lo que hacen sólo por dinero,
y no les importa aterrorizar a millones de humanos para lograrlo.
Noruas suspiró de nuevo para tranquilizarse.
- Joder... ¿quién me mandaría a mi contratar a un publicista?
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